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APROXIMACIÓN A LA PERSONALIDAD DE
CARLOS GARDEL
Escribe Walter Ernesto Celina
Nos aproximamos raudamente al 71 aniversario del fallecimiento de
Carlos Gardel y parte de su compañía, en el aeródromo de Medellín.
La calidad de la voz de este genio de la música rioplatense es una
postal de un tiempo que no envejece, que se añeja como un preciado
vino. Pertenece a la generosa tierra de nuestra cultura. En ella
hunde su raíz más profunda. Forma parte del espejo de una
identidad común. Y nos enorgullece.
La historia, como disciplina asociada a las ciencias del hombre,
busca desentrañar aspectos menos difundidos o poco conocidos de la
personalidad del artista.
Su riqueza está fuera de discusión. Fue brillante y dura, como las
facetas de un diamante.
Gardel supo esculpir su destino en medio de vicisitudes. Sus
triunfos constituyen nuestros goces. Su voz quiere ser la nuestra
y la nuestra encuentra en él la razón de los disfrutes y angustias
cotidianas.
La atracción despertada por Carlos Gardel es un fenómeno
perdurable. Desde 1912, en que realizara sus primeras grabaciones
fonográficas, hasta la fecha, prácticamente va transcurrido un
siglo. 94 exactos años. Su canto, como sus filmes, cruzan el
tiempo Agitan leyendas y misterios.
La investigación acumula los antecedentes, une los fragmentos de
su vida y de su época. Es el referente para descifrar lo que una
muerte abrupta y una infancia y adolescencia casi ignorada
escondieron del impar vocalista.
Sus versos y su estampa se posesionaron del escenario, dominándolo
por completo. La admiración y el entusiasmo colectivo, crecidos
tras su muerte, y la propia postura de Gardel evitaron que se
supiera más de él, de lo íntimo que palpita en cualquier
individuo.
Las tradiciones orales cuentan y las hay muchas. Mas importan,
asimismo, los juicios, las opiniones o las referencias de sus
coetáneos.
La maravillosa imagen del fotógrafo uruguayo Silva juega a
inmortalizar su estampa, varonil y serena. Su sonrisa espléndida
escapa desde las pantallas. Y proveen las señales de una
notabilidad de sujeto y hasta de un prototipo generacional.
Pero, más en profundidad ¿cómo era este individuo tan entrañable
para el ser rioplatense y latinoamericano?
Un conjunto de citas nos brindan los matices de personas que le
conocieron y confirieron sus impresiones. Unas pocas se aproximan
a la denominada historia oficial, es decir, la del Gardel
francés, sin ascendencia criolla. Otras, están incontaminadas y
contribuyen a darnos una perspectiva para una labor de
exploración, precisa y seria.
Isabel del Valle,
con quien Carlos Gardel mantuvo una relación extensa, manifestó:
Era “alegre y jovial”.
Armando Defino,
su administrador final: “Carlos no era triste; todo era
optimismo en él”.
Edmundo Guibourg,
que compartiera muchos momentos con Gardel en Europa, sostuvo: “Vivía
haciendo chistes, a veces algo escatológicos y palmeándoles las
piernas a la gente para festejarlos”.
Arturo López Peña,
manifiesta lo siguiente: “...Tuve oportunidad de conocerle
personalmente en una emisora porteña.
Sonría, sonreía siempre, con una sonrisa levemente torcida. Había
en su manera de ser simpatía y sencillez, pero de su personalidad
fluía la suficiencia del hombre que sin hesitación, sin suda, se
siente superior e importante. ...Su actitud era, en suma, la del
que podía convivir igualitariamente en el llano, pero sin llevar
a nadie consigo a la cima”.
Nicolás Díaz,
empresario colombiano, expresó: “La personalidad de Gardel era
algo excepcional. Quien lo trataba una vez, quedaba prendado de
aquella encantadora puerilidad de su espíritu, de aquel sortilegio
tan especial de su psiquis, de la simpatía hechizante de su ser.
Jamás le oí hablar en serio por más de cinco minutos”.
José Razzano,
quien más lo trató y, por ende, quien mejor pudo conocerlo, en un
reportaje concedido a los hermanos Bates, afirmaba la existencia
de dos facetas en Gardel.
Dijo, para la revista “Caras y Caretas”: “Los que
departían con él en las grandes reuniones que él mismo provocaba
-inexplicable afán de aturdirse- lo creyeron jovial, expansivo.
Pero, los que cultivamos su amistad, lo sabíamos retraído,
absorto, llevando siempre dentro algo así como una tristeza
oscura, tortuosa. Tan pronto lo vencía el abatimiento como lo
asaltaba un ansia inocultable de triunfar”.
Tereg Tucci,
empresario, lo ubicó así:
“Carlos Gardel era más bien un hombre introspectivo, dado a
hondas reflexiones. Exteriormente, en su expresivas facciones,
poseía un aura de tristeza que se manifestaba hasta en su sonrisa
y en su actitud, más bien tímida, casi reticente.”
Flores del Campo,
cantante chileno -que trabajó en el filme “El día que me
quieras”- ofreció esta imagen: “Era un hombre bajo,
engominado, formal, sonriente, correcto y estirado. Manifestaba
gran preocupación por la ropa. Nunca vi una familiaridad entre él
y sus acompañantes; siempre los trataba de Ud... Llegaba y se iba
solo.”
Juan González Prado,
autor del tango “Quimera”, encuentra que se trata de “...Un
hombre buenísimo, muy generoso; vivía prestando plata,
regalándola; ayudaba a todo el mundo. Tomaba whisky desde la
mañana... A veces se quedaba triste, hablando pausado.
Era un hombre de una gran tristeza, una angustia interior. Pero
disimulaba muy bien, porque siempre estaba alegre. Y ninguno de
nosotros sabíamos su problema.”
Roberto Maida,
célebre vocalista de Francisco Canaro, advertía que “...Era un
hombre muy retraído, casi un tímido, que estaba solo a pesar de su
compañía.”
Francisco Marino,
autor de “El ciruja”, tenía la impresión que “No quería
estar nunca solo y trataba de huir de alguien, de algo, de un
fantasma que llevaba dentro.”
Andrés Mestre,
propietario de una tasca frecuentada por Gardel en Barcelona
realizó esta reflexión, lejos del círculo de los amigos íntimos
del cantante: “Andaba
siempre pausadamente, algo inclinado hacia la izquierda, no con
aire de cansado, sino de un filósofo que ha recibido muchas
lecciones de la vida. Gardel estaba muy a gusto en Barcelona, cuyo
clima húmedo le recordaba Buenos Aires. Eso sí, había días que
estaba marchito, sentimental.”
El Dr. Enrique Pichón Riviére,
psiquiatra argentino, célebre por su penetración psicológica y
diagnósticos fotográficos lo vio así: “...En
su rostro había una gran tristeza; aunque no una tristeza de un
día especial. Más aún, podría decir que siempre había notado en
Gardel ese mismo estado de ánimo que reflejaba ese mundo tan
particular que le acompañaba.”
Juan Carlos Onetti,
escritor uruguayo, en entrevista concedida a Alfredo Zitarrosa,
dio su parecer en estos términos: “Tenía
esa clase de tristeza que sale de adentro, que surge de un
problema interior, aunque el problema nunca se sabe de dónde
viene.”
El maestro José Gobello,
uno de los mayores historiadores del tango, argentino, ha escrito:
“Y
seguramente el Gardel sonriente y sobrador, “bon vivant” (alegre)
y algo cínico, no era sino una máscara del artista, la máscara de
un dolor, de una angustia que venía de lejos, que venía de su
propia condición social, o de algo más profundo todavía, de la
solidaridad social que desde el subconsciente le ponía esa lágrima
en la garganta...”
En otro pasaje, agrega: “Gardel
es el sobrador y “cancheareado” con que el pueblo afirma su
autoestimación. Ese tono debía ser natural en Gardel, que era un
triunfador, salido de la nada. Y si ese tono lo sacó de la verdad
de su vida, aquella lágrima también la sacó de una verdad íntima,
de una verdad profunda, aunque menos obvia.
Guillermo Barbieri,
uno de sus guitarristas cita este diálogo con Carlos Gardel: “-¿Qué
le pasa Don Carlos?
¡Tiene todo! Éxito, dinero, mujeres”,
respondiéndole el cantante: “-Es
que estoy pensando en el purrete desgraciado que fui yo.”
Como apreciara el Arq. Nelson Bayardo, había una diferencia entre
el Gardel exhibible y el verdadero, asunto al nunca se refirió la
“historia
oficial”,
la historia light de la corriente francesista.
¿Puede un niño sin padres desenvolver su personalidad, construir
su éxito anclado en el alma de las multitudes, vencer el olvido y
transformarse en un patriarca del canto universal??
Tarea inalcanzable o ciclópea, alcanzada por Gardel. Transformó un
nudo de angustias ocultas -la eterna “lágrima de su garganta”,
de la que habló el insigne José Gobello-, en las preciadas perlas
que desgrana su voz.
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