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CARLOS GARDEL

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EN TORNO A LA MUERTE DE CARLOS GARDEL

LOS TESTIMONIOS RECOGIDOS POR EL

PERIODISTA REINALDO SPITALETTA

En las ediciones de “El Colombiano”, correspondientes a los días 9, 10 y 11 de mayo de 1999, el periodista Reinaldo Spitaletta produjo tres notas referentes a los procedimientos del manejo de cadáveres que tuvieran lugar tras el luctuoso episodio del aeródromo de Medellín (Colombia), en que “El Mago” y parte de su comitiva artística perdieran la vida.

Citaré, a favor de una necesaria síntesis, los títulos y subtítulos de cada una de las piezas y  transcribiré fragmentos, lo que de algún modo servirá para entrar en una materia que ha estado al margen de las crónicas, sea porque se ha entendido que podrían resultar irreverentes, chocantes o hirientes a la sensibilidad común y, en especial, a la de quienes idolatran a “El Mago” y lo sienten con fervor indestructible.

Veremos, en consecuencia, de qué se trata  “La lección de anatomía”(O de cómo el cadáver, ay, sigue cantando), “Las plumas de Gardel - Los muchachos de antes no usaban esclavas” y “El muerto sí, es el muerto”.

La entrega inicial periodística de Reinaldo Spitaletta nos introduce en el asunto con un acápite donde se señala que, por primera vez en 64 años, el médico Jaime Rodríguez Estrada, revela cómo transcurrieron los hechos cuando se procedió a la acomodación del cadáver del gran artista en su caja mortuoria.

La crónica dice: “A las dos de la tarde, el estudiante de segundo año de medicina, Jaime Rodríguez Estrada, comenzó, con otros cinco condiscípulos, su práctica obligatoria de disección de cadáveres, en el anfiteatro de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia.

Era lunes, 24 de junio de 1935. Dirigidos por el instructor Marco Tulio Osorio, estudiante de grado superior, todo transcurría muy normal. Una rutinaria lección de anatomía.

Eran las cuatro y treinta, cuando el celador del Anfiteatro, el Maestro Palacio, entró y sacó a los estudiantes de su concentración

-Dotores, dotores, dijo. En la puerta está el carro de la Funeraria Rendón. Vienen a pedir el favor de que ustedes arreglen un cadáver, porque no han podido tapar el ataúd.

La Funeraria Rendón (de don José Rendón), en Bolívar con Maracaibo, era la más elegante de Medellín, con el coche fúnebre más lujoso.

Uno de los compañeros de Rodríguez atendió al vigilante, salió con él, y, al regresar, les informó: -Ocurrió un grave accidente en el Campo de Aviación de Las Playas. Se chocaron dos aviones y hay muchos muertos.

El cadáver que tenían en la funeraria era el de Jorge Moreno Olano, abogado, nacido en Medellín...” 

 En seguida Spitaletta  recurre al testigo principal, cuya declaración se produce en mayo de 1999:

-En esos años pocas eran las ambulancias existentes en la ciudad. Llegaban en volquetas o cualquier otro vehículo en que fuera posible su traslado. Venían envueltos en sábanas, y los que había sido posible identificarlos, que era la mayoría, traían su nombre en pequeños papeles pegados con ganchos de nodriza, recuerda el doctor Jaime Rodríguez Estrada, de 85 años, médico gineco-obstetra, ya retirado.

Al aeropuerto, las autoridades habían llevado cajas mortuorias, pero, debido a las contracturas de los cadáveres, originadas por el fuego, no podían cerrar las tapas. Los trasladaron al Anfiteatro, para que allí los adecuaran.

 A los estudiantes les dijeron que pusieran en condiciones los cuerpos, para poderlos meter en los ataúdes y taparlos. En efecto, los cadáveres calcinados con gasolina quedan no sólo resecos sino con las articulaciones rígidas, como decir, por ejemplo, los brazos estirados.”

 La nota vuelve a las manifestaciones del médico: “-Fue entonces cuando las autoridades presentes en el lugar nos pidieron a los estudiantes el favor de colaborarles, haciendo la adecuación de esos tizones humanos para lograr acomodarlos en los ataúdes”, recuerda don Jaime.

-¿Por cuál empiezo?, preguntó el estudiante Rodríguez Estrada al hombre que estaba organizando la actividad.

-Por favor, arregle este y señaló uno, sobre la segunda mesa, a la entrada de una de las dos salas.

Estaba, como los otros, envuelto en una sábana. El estudiante, al destaparlo, vio un cuerpo calcinado, los brazos y piernas contraídos, reducido en su tamaño, “era como un tizón, no tenía pies, y menos zapatos”, recuerda.

A un lado, pegado a la sábana, había un papel abrochado con un gancho de nodriza, con un nombre escrito a mano: Carlos Gardel.

En el informe médico-legal, el cuerpo del cantor y actor de cine, fue marcado con el número 11: “hallado en decúbito ventral bajo las válvulas de un motor. De cuarenta y ocho años de edad, uruguayo, de la ciudad de Tacuarembó, provincia de Montevideo (nacionalizado en la Argentina). Identificado por el buen estado de la dentadura, una cadena, al parecer de oro, sin reloj en la muñeca izquierda, un chaleco aboyonado (sic) con plumas, y por una cadena fina pendiente de la ropa con unas llaves y una chapetica con esta leyenda: “Carlos Gardel -Jean Jaures 735-Buenos Aires”.

El informe señala, además, que el cuerpo presentaba quemaduras de cuarto, quinto y sexto grados generalizadas y sangre en la región temporal, el pómulo y el ojo derechos. “Por causa de la incineración faltan ambos pies”.

-En ese momento me conmoví. Me dio una decepción de lo que es la vida. Doce días antes, lo había visto actuar en el Circo-Teatro España. Era un tipo buen mozo, y verlo así, me conmovió... En ese momento, Gardel era otro de los muchos muertos entre artistas y personajes nacionales o extranjeros, y el dolor popular se repartió entre todos ellos, sin ninguna distinción, rememora el médico, metido en un traje azul oscuro, corbata roja.”

La segunda pieza del periodista colombiano refiere a cómo  el entonces estudiante de medicina debió manejar el bisturí para hacer factible el aplanamiento del cuerpo calcinado.

 Vuelvo a la narración de Spitaletta: “Cuando metió el bisturí en la articulación del hombro izquierdo de Carlos Gardel, Jaime Rodríguez, con su curiosidad de estudiante, vio que se desprendió una masa plana, gruesa, o lo que los especialistas llaman un “plastrón”, y entonces, al descubierto, quedaron numerosas plumitas blancas, de uno y medio a dos centímetros de largo, por medio centímetro de ancho. ¡Plumas!

Habían, muchas de ellas, en su capa profunda, resistido al calcinante fuego del desastre de los aviones de la Saco y Scadta.”

Se trataba, obviamente, del contenido de las hombreras del saco del cantante.   

 En otro pasaje añade el relato del colombiano: “...El estudiante continuó su trabajo. Apreció la mano izquierda, retraída contra el antebrazo, casi en ángulo recto.     -Hay que abrir la muñeca, pensó. Introdujo profundamente el bisturí y, de pronto, sintió un ruido metálico. Algo extraño no permitía que siguiera cortando. Con cuidado, separó los tejidos y con la punta del instrumento levantó una cadena.

-Cuando seguí hacia afuera encontré una plaquita de cuatro centímetros de largo por dos de ancho, unida por los dos extremos a la cadena... No recuerdo ahora cómo la retiré, si tenía un broche o un cierre, o fue reventada, pero, lógicamente, por la mano no se podía sacar fácilmente, pues no hubiera podido portarla sin perderla. Su color, por la acción del fuego, era negro, pero, al limpiarla, logré apreciar que era de oro, o, al menos, así me pareció. Se trataba de lo que, aquí, llamábamos esclava o manera o manilla.

 Después de limpiarla, el estudiante también vio una inscripción: “Bertha Gardes Rue 20 #12-24 Toulouse France”.

-No estoy muy seguro si esos eran los números que vi. Ya se borraron de mi memoria. Es que son muchos años los transcurridos, pero sí sé que son muy aproximados a los verdaderos...

 Otro pasaje refiere a las unidades dentarias, manifestándose: “...El estudiante continuó manipulando el cadáver de Gardel, a fin de dejarlo listo para el ataúd.

Le abrió la boca y halló algo que llamó su atención. Observó sus dientes, en buen estado “aunque muy trabajados, con obturaciones o calzas, como dice la gente, en porcelana. Los molares tenían múltiples obturaciones, y esa fue mi sorpresa: todas estaban hechas de oro puro, lo que nunca había visto, pues, aquí, en la pastoril Medellín sólo se usaba la amalgama. Aquí el oro lo usaban los montañeros, para aparentarles a las novias. Se hacían coronas de oro y se reían, para impresionar”.

La tercera nota es más que sorprendente: Otro médico colombiano recusa las declaraciones antes examinadas, las que a su vez fueron refutadas por quien oficiara de autopsista.

La incerteza parece haber querido posarse sobre el instante aciago en que Gardel pasa a la eternidad.

Nada, sin embargo, apaga los destellos de su voz, la que fiel permanece en nuestros oídos y embruja multitudes.

Walter Celina - Julio de 2006  tangocultura@hotmail.com 


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