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DELIRIO
BÁRBARO
Un auto de fe, con todas las connotaciones propias del
autoritarismo que es inherente a quienes no conciben la opinión
distinta, ha sido proclamado por un grupúsculo de exaltados que
hacen culto de su sectarismo.
Me refiero a la versión propalada por la denominada “Agencia
Noti – Tango”
noti_tango@yahoo.com.ar en el sentido de que podrían iniciarse
acciones judiciales a toda persona o institución que “enlode la
memoria de Carlos Gardel”.
“Noti_Tango”, que por la elementalidad de sus mensajes da prueba
de su carencia para conformar un espacio de información, no
transmite quiénes son las personas que se han autoasignado la
potestad tribunicia de tutelar las opiniones que se emitan sobre
Carlos Gardel y, menos, por supuesto, cuál es la supuesta conducta
que configure agravio sobre la figura del cantor más grande de
todos los tiempos. Puede convenirse -pasando por alto que no
sea el término jurídico apropiado- que la noción de “enlodar”
pudiera querer decir algo así como manchar, envilecer o infamar.
Aún, dentro de la insuficiencia del reporte, es posible deducir
que este fogonazo bucanero va contra los investigadores, algunos
mencionados con nombres y apellidos, que han indagado sobre la
vida de Carlos Gardel. Más en particular, sobre las circunstancias
de su nacimiento.
Como es público y notorio, Uruguay ha formalizado en diversas
instancias el reconocimiento de la nacionalidad oriental del
cantor por antonomasia del Río de la Plata. Resultaría, por
consiguiente, que estos juicios muy bien que hubieran podido
tramitarse contra el Estado Uruguayo y, aún contra actores,
periodistas y otras personas, desde hace décadas. A nadie se le
ocurrió semejante extravagancia.
Si considerar que “El Mago” nació en la banda oriental del Río
Uruguay equivale a negar que Gardel haya nacido en Francia y
sostener que Doña Berta Gardés pudo ser solamente su madre
adoptiva ¿cuál es el delito, de dónde se desprende la condición
infamante? Es muy honroso pertenecer a la patria que la vida nos
ha dado en el país latinoamericano y, las madres adoptivas,
ostentan títulos de amor y solidaridad muy enaltecedores.
Siguiendo los parámetros de una época -bastante superada en cuanto
a prejuicios, aunque no del todo, por lo que se aprecia-, ser hijo
no reconocido o ser hijo natural (no legítimo) fue, para ciertas
clases, una condición de degradación en la consideración social.
Con mayor acento para madres e hijos.
Pero ¿por qué quien haya nacido fuera del matrimonio debe cargar
con una “culpa social” que lo estigmatice? Para algunos, esta
rémora continúa vigente y sostener un dato objetivo de la realidad
es “enlodar” una reputación. ¡Vaya delicadeza!
A tenor de los viejos códigos civiles, el hijo natural “no
reconocido” debía quedar desheredado y el “reconocido” acceder en
la herencia a una porción menor que los demás, como parte de un
castigo impuesto a las personas ¡por un hecho exterior a sus actos
y anterior a su nacimiento! Dichas coordenadas periclitaron.
Excepto para quienes añoran las pelucas empolvadas.
Estas obcecaciones han guardado, por cierto, relaciones muy
estrechas con quienes sostenían -con preferencia, desde ópticas
religiosas- el carácter poco menos que sacrosanto del matrimonio.
Casi podría decirse “dentro del matrimonio todo”, hasta lo más
abyecto; “fuera del matrimonio, nada”… Y lo que antes debió
soterrarse, por constituir un “escándalo”, o taparse con los
silencios del poder y del dinero, parecen motivar reacciones
similares en el grupo de “gardelistas a la francesa”, repetidores
de una “historia oficial” que se encogió y fue reventando en sus
costuras, por ausencia de racionalidad.
De este modo, quienes han herido de muerte la tesis del Gardel
francés, son los nuevos herejes y víctimas propicias para los
enjuiciamientos pronosticados.
¿A Toulouse le importa retener la nacionalidad de Gardel?
Seguramente. Y la “historia oficial” encaja en ese interés. Para
la historia de los galos sería un blasón no despreciable contar
entre los suyos a una personalidad rica y trascendente como la del
cantor rioplatense. Pero, no es este interés concreto lo que de
momento importa analizar.
Lo fundamental es contraponer los argumentos aportados por las
pesquisas modernas y los sustentados por la orientación
francesista. Y es esto lo que tratan de evitar quienes antes
habían cargado sus palabras con epítetos, como para dar apoyatura
de cosa “indiscutible” a la “historia oficial”. Ahora, dando un
paso por encima de manifestaciones muy descomedidas, se profiere
la amenaza pública del amordazamiento. Ello no hace más que
confirmar cuán débiles son y cuán carentes de argumentos se
sienten.
Los Torquemada de todos los tiempos son hijos del despreciable
autoritarismo. De sus prácticas nuestros países llevan huellas
indelebles, que los pueblos no olvidan.
Los “francesistas” han osado lanzar sus anatemas, más no acallarán
a nadie. En el marco del Estado de Derecho y de las libertades, la
de expresión del pensamiento y de comunicación, son enteramente
libres.
Opinar y disentir son caras del atributo elemental de pensar y
manifestarse en todas sus formas. Por supuesto, acerca de
cualquier tesis, “oficial” o no.
El derecho de investigar es una cualidad irrenunciable del saber
científico y acompasa la marcha de la humanidad. Y lo es,
obviamente, para los casos de las disciplinas, históricas y
sociológicas y sus ramas auxiliares.
Baste con esta primera respuesta. Para que recapaciten.
La soberbia suele ocultar fatuidad e ignorancia. Mejor será
integrarse a los esfuerzos de quienes analizan y difunden
respetuosamente sus hipótesis y conclusiones.
La verdad revelada sobre Carlos Gardel no existe.
La única verdad revelada es la de su voz, la que todos amamos. La
que es patrimonio común de quienes lo adoptan por constituir
símbolo distintivo de culturas compartidas y sentimientos
relevantes. |