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Cuando la comparsa carnavalera formada por sus amigos y
compañeros se acercó a la Vaquería, un peón exclamó en
cocoliche dialectal algo así como: “Allí viene la cumparsita
de los estudiantes”. Alguien tuvo entonces la idea de
bautizar con el nombre La cumparsita al tango —medio
marcial, pero no marcha ni marchita— creado por Becho.
Quiso el destino que Roberto Firpo estuviera por entonces
tocando con su cuarteto
—Agesilao Ferrazzano y Cayetano Puglisi a los violines y
Bachicha al bandoneón— en el café “La Giralda”, y a él le
llevaron los amigos de Matos la partitura, garabateada,
sobre papel pentagramado, por Carlos Warren, con la
esperanza de que el autor de El amanecer la incluyera
en su repertorio. Así lo hizo Firpo, no sin agregarle un
contracanto de violín que ponía cierta atmósfera melancólica
a los compases lucubrados por el autor.
La intervención de Firpo en el arreglo de La cumparsita
es todavía hoy motivo de arduas polémicas. Pero, como
quiera que fuese, don Roberto lo presentó en el bar
“Iglesias” de Buenos Aires y lo llevó al disco más o menos
simultáneamente con el cuarteto de Alonso-Minotto (Di Cicco)
y el conjunto de Juan Maguo.
Pese a que malvendió su obra a la casa Breyer, Matos
encontró el modo de estar en París en 1924 y allí se enteró
de que La cumparsita había sido recreado con el
nombre de Si supieras por Pascual Contursi y Enrique
P. Maroni, quienes ponían los versos llorosos compuestos al
efecto en boca del cantor Juan Ferrari, y que ya Gardel los
había grabado con las guitarras de Ricardo y Barbieri. Matos
regresó sin pérdida de tiempo a Buenos Aires e inició su
largo pleito que concluyó en octubre de 1948 —laudo de
Francisco Canaro mediante—, cuyo fin no pudo ver porque
había muerto seis meses antes.
Matos se redescubrió músico con el éxito de Si supieras
y compuso, sobre letra de su amigo Víctor Soliño, la
melodía de Mocosita. Gardel grabó este tango pero la
grabación, al igual que la de Si supieras, debió
retirarse del comercio porque Rosita Quiroga reivindicó la
exclusividad de la interpretación. De ahí en más, Becho
continuó creando, con ágil inspiración y no sin entusiasmo.
Los más cantados de sus tangos son Che, papusa, oí
(versos de Enrique Cadícamo, 1927) y La muchacha del
circo (Manuel Romero, 1928). Se arriesgó también al
sainete musical (La cumparsita, con libro de Ivo
Pelay, 1932), pero nunca aceptó figurar como director de
orquestas o conjuntos musicales. Su nombre, sin La
cumparsita, tal vez ya se habría disipado; sin embargo,
sus otros tangos llevan músicas muy bellas.
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