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EL NACIMIENTO DE CARLOS GARDEL
Introducción y selección por Walter Ernesto Celina
Junto a la historia verdadera, esa que los hombres nos empeñamos
en aprehender y que tantas veces nos es esquiva, coexisten los
mitos y leyendas que recrea el imaginario colectivo, en actos
anónimos, transmitidos de generación en generación.
Desde muy lejanas épocas, en tan ricas fuentes abrevan, como
tomados de la mano, los cantos populares y los escritos
literarios.
La historia relatada de las sociedades, como la de sus hombres
brillantes, se
elabora dato a dato, se discute, se reinterpreta y se decanta en
un proceso contradictorio y plural. Prolongado. No instantáneo,
ni único.
La historia de Carlos Gardel aún no está suficientemente
escrita. La investigación la aborda y la integra, con creciente
empeño, en múltiples facetas.
Mientras ello transcurre, la literatura da espacio a muchas
novelas, en que la fantasía huye de la realidad, la transforma o
la devuelve para que sea asida, nuevamente, en el reino de la
imaginación.
Norberto S. Baranchuk, en 2006, editó en Buenos Aires la novela
“El nacimiento de Gardel” (colección narrativa Los
Oficios Terrestres - Libros de Tierra Firme).
El autor es médico pediatra, miembro de la sociedad argentina de
la especialidad y escritor prolífico.
¿De qué modo transcurrió el nacimiento del más formidable
cantante rioplatense de todos los tiempos?
Veamos como Baranchuk lo presenta en su literatura:
EL PARTO
“Un
hombre no es más que un hombre.
Una mujer no es más que una mujer.
Un acto de amor no es más que un momento,
un embarazo dura nueve meses y los hijos
vienen con un pan o un pecado bajo el brazo,
un destino incierto llevan las cosas
a un irreducible núcleo de misterio.
Una sala extensa y espaciosa engalana las paredes con tapices de
Persia. El ambiente crea una sublime melancolía que lleva al
visitante a meditar sobre la transitoriedad del destino humano.
Cat y Vila (protagonistas de la novela. WEC) podrán
contemplar su propio nacimiento. ¿O su propia muerte?
Una niña púber, de cabellera rojo fuego que le cae en cascada
desde los hombros hasta la cintura, está sentada con las manos
juntas sobre la falda. Mira, sin ver, un punto fijo en la pared
opuesta. Es la parturienta. La función todavía no empezó; doña
Paca tenía razón, había tiempo.
Al fondo del salón, en un ángulo, se puede ver un chaise
longue, y al Dr. Cura con el sombrero puesto, sin saco y con
las mangas de la camisa arremangadas. Prepara el material y lo
dispone sobre una mesa. Hace una seña a la niña, ella se acerca.
Está embarazada a término, la panza es monumental para su
pequeña figura. Se saca la bombacha, se acuesta y con un solo
movimiento levanta la pollera y las enaguas sobre su cabeza.
Vila se pregunta por dónde va a respirar. Ella yace con las
piernas abiertas, sus pies sobresalen del sofá. Entre la falda y
las puntillas de sus intimidades asoma primero la cabeza y luego
su fino cuello del que cuelga un pañuelo de gasa.
Cat tiene un grito atrapado en la garganta. El sentimiento de
horror permanece entre la sensación y el lenguaje.
El doctor descorre un velo y muestra realidades ignotas y
ocultas: el dolor de la madre púber, el nacimiento del héroe, la
deshumanización de la medicina.
Sin embargo, la acción de develar sólo es posible en cuanto, al
mismo tiempo encubra algo.
Develar es ocultar en rincones oscuros. Cat no puede gritar,
debe ahondar en la oscuridad y saber descubrir su secreto que,
sin embargo, puede
profundizar el misterio.
Llanto de recién nacido; inspiración honda, primera bocanada de
aire; cordón largo, trenzado, recorrido por vasos azules y
rojos, húmedo. La tijera lo corta y ya son dos, madre e hijo,
hijo y madre.
La niña se recupera, el doctor la ayuda a reincorporarse, la
lleva con la mano en alto al centro del salón -como si fueran a
bailar una contradanza-, donde la entrega a doña Paca, quien,
con la misma parsimonia, teatralidad y mesura, la aproxima a un
trono levantado en el extremo opuesto del ambiente. La ayuda a
subir y sentarse, acomoda los pliegues de la falda y llama con
un gesto a quien sostiene al niño en sus brazos. Es una
lavandera, cabaretera, de bandera francesa, ella se hará cargo
del bebé. La madre púber debe quedar en el misterio. Por un
momento podrá adorar al niño. Lo ponen en su falda, de frente al
salón para mostrarlo a los presentes. Con los dedos extendidos
en ángulo, yema contra yema de ambas manos, la puérpera protege
la cabeza de la criatura. Los pañales caen al suelo, el niño
queda desnudo y abre sus manos, palmas arriba, separa los
brazos, quiere volar. Un zorzal parejero canta en la ventana y
vuela por él. Amanece.”
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