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DEROGACIÓN DEL LIMBO
No había dejado de cursar la escuela primaria cuando mis padres
estimaron que debía ser bautizado para adquirir la gracia de ese
sacramento católico.
Fue por entonces que las clases de catecismo me familiarizaron
con la ritualidad religiosa y las categorías inherentes a la
creencia sobre la existencia del paraíso, el infierno y el
purgatorio. Del limbo se hablaba menos. Particularmente, se
mencionaba el vocablo para señalar a quien se distraía en
cualquier actividad, ingresando a un mundo ignoto, fuera de la
realidad.
Es que esta acepción estaba impregnada del sentido religioso que
venía avanzando con los siglos. El término limbo procede del
latín para significar borde, límite o frontera. En teología pasó
a denominar un estado de felicidad natural después de la muerte,
que no es cielo ni infierno.
En la Iglesia Católica no adquirió la calidad de doctrina,
aunque sí la de una hipótesis, para explicar el destino de los
que mueren sin uso de razón y sin haber pecado, no estando
bautizados.
Conforme a la tradición eclesial, los sujetos de esta condición,
cándidos absolutos, además de estar privados de la presencia
divina, padecían la ausencia de sus mayores y familiares.
El Concilio de Cartago, de 418 de nuestra era, le negó a los
niños sin bautizo la posibilidad de la felicidad eterna.
Más tarde, Santo Tomás admitió que los infantes eran beatos,
pero la tradición imponía a la cristiandad un sentimiento de
dolor muy pesado por el destino de las criaturas fallecidas.
Recién después del Concilio Vaticano II (1965) la noción límbica
fue dejada, estableciendo el catecismo que los niños quedan
entregados “a las manos de Dios”.
Desde el año 1999, cielo, infierno y purgatorio han dejado de
ser lugares físicos, de estar arriba o debajo de la tierra, para
transformarse en estados de ánimo. Dios ha pasado a ser
presencia del cielo y ausencia de infierno.
Siglos atrás Dante, en su Divina Comedia, había explorado estos
lugares recónditos, encontrando en el limbo un sitio para los
paganos virtuosos y para algunos poetas, como el célebre
Virgilio.
El Papa Ratzinger, siguiendo los pasos de Juan Pablo II,
ratificó la determinación de una comisión teológica vaticana y
acaba de abolir la idea del limbo.
Se interpretó, al cabo de tanto andar, que la divinidad es
misericordiosa y quiere que todos los niños se salven. De este
modo, al fallecer, irán directamente al cielo.
Felizmente, también, han ido desapareciendo las imágenes de los
niños alados que decoraban los carruajes fúnebres blancos que vi
desfilar cuando hacía el catecismo, rumbo al cementerio. O las
estampas, donde el diablo era encarnado en un rojo vivo, con
cola y tridente, para simbolizar las penas a las que se
expondrían quienes hubieren reservado su entrada al infierno,
tras pecar en la tierra.
Como niño percibí la crueldad que implicaban algunas de las
nociones que me transmitían, que no me parecían aceptables.
Ahora el limbo fue clausurado, lo que es una buena noticia para
los creyentes.
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