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Los sucesos más relevantes de la región fronteriza, desde la óptica del interés público.

EL EXÉGETA DE LA GLOBALIZACIÓN

PRAXIS NEOKEYNESIANA

Joseph Stiglitz, norteamericano de Indiana, obtuvo en 2001 el Premio Nobel de Economía por sus estudios econométricos sobre asimetrías de la información e imperfecciones de los mercados. Se doctoró en el Instituto tecnológico de Massachussets en 1967. Fue docente en Yale, Princeton, Stanford y Massachussets; miembro y jefe del consejo de asesores económicos del ex Presidente Hill Clinton. Economista, entre 1997 y 2000, con el grado de jefe, primero, y luego, vicepresidente del Banco Mundial. Se retiró de este organismo al discrepar con las políticas crediticias llevadas a cabo por los entes multinacionales, incluido el Fondo Monetario Internacional. Revista como profesor en la Universidad de Columbia desde donde ha proclamado la necesidad de rediseñar la ingeniería financiera global.

Fue, justamente en 2001, en que produjo un gran revuelo en Montevideo al disertar en el Banco Central censurando la ortodoxia de los institutos mundiales de crédito.

Su pensamiento es citado con habitualidad por economistas de izquierda, más allá de que fue su línea de pensamiento la que aplicó el gobierno de Georges Walter Bush en la reserva Federal, con Alan Greenspan y Ben Bernanke.

Se recuerda que este gobierno, ante la inminencia de una recesión en 2001 -originada en la crisis de las empresas de la Nueva Economía- no vaciló en bajar las tasas de interés (llevándolas del 6.5% al 1%), en aumentar los subsidios y en inyectar millones de dólares a la economía.

El concepto defendido era el siguiente: cuando se trata de la producción  y del bienestar social, Estados Unidos no cree en “la mano invisible del mercado”, ni espera que esos mismos mercados se regulen por sí mismos. Stiglitz (como Samuelson, Lester Thurow y otros) se pronuncia por una praxis neokeynesiana.

EL MALESTAR DE LA GLOBALIZACIÓN

La primera de las obras de Joseph Stiglitz vio luz en 2002 y se denominó “Malestar de la globalización”. En ella analiza las crisis recurrentes del sistema financiero. Las de México (94), Este Asiático (97), Rusia (98), Brasil (99) y Argentina (2001), con sus repercusiones laterales.

¿Qué ha sostenido? Primero, que existe una realidad inevitable. “La globalización está aquí para quedarse; el problema es la forma en que ha sido gestionada y la cuestión es cómo hacerla funcionar.” Y confiesa que “siempre me interesó el desarrollo económico, pero lo que vi en la Casa Blanca y en el Banco Mundial (entre 1993 y 1997) cambió radicalmente mi visión, tanto de la globalización como del desarrollo. Escribo este libro porque en el Banco Mundial comprobé de primera mano el efecto devastador que la globalización puede tener sobre los países en desarrollo y, especialmente, sobre los países pobres. Creo que la globalización -la supresión de las barreras al libre comercio y la mayor integración de las economías nacionales- puede ser benéfica y de potencial enriquecimiento para todos, en particular para los pobres. Pero, también creo que, para que esto suceda, es necesario replantearse en profundidad el modo en que la globalización ha sido gestionada, incluyendo los acuerdos comerciales (…) y las políticas impuestas a los países en desarrollo.”

Su conclusión es terminante: “Algún dolor era indudablemente inevitable pero, a mi juicio, el padecido por los países en desarrollo, en el proceso de la globalización orientado por el FMI, fue muy superior al necesario. La reacción contra la globalización obtiene su fuerza, no sólo de los perjuicios ocasionados a los países en desarrollo, sino también por las desigualdades del sistema comercial mundial.” Y remata: “Esto hace que los ricos sean cada vez más ricos y, a los pobres, cada vez más pobres e irritados.”

Denuncia, más adelante, el doble discurso de las potencias mundiales en relación al libre comercio. Argumenta que la globalización puede ser rediseñada, creando una “economía global en la cual el crecimiento resulte no sólo más sostenible, sino que sus frutos se compartan e manera más justa.”

LOS FELICES NOVENTA

En “Los felices noventa – La semilla de la destrucción” (2003) el premio Nobel apela a su experiencia en el gobierno, indicando que la década de los `90 fue de “negocios astronómicos y crecimiento desbocado”, en los que se advierte “la semilla de la destrucción”. Tras la prosperidad  de algunos se incubaba la crisis económica de los más.

Escribe: “Los 90 marcaron incrementos de productividad que duplicaban o triplicaban lo conocido en las dos décadas precedentes, pero los acontecimientos se adelantaron. La economía entró en recesión, los escándalos empresariales destronaron a los sumos sacerdotes del capitalismo norteamericano, la globalización parecía verse con malos ojos y el 11 de setiembre nos mostró una cara aún más tenebrosa del fenómeno: que la mayor movilidad beneficiaba también al terrorismo. Aunque las raíces del mal sean complejas, es evidente que los altos índices de desempleo son un buen caldo de cultivo.”

Stiglitz advierte la existencia de la “pugna entre quienes abogan por reducir al mínimo la intervención del Estado en la economía y quienes sostienen que el gobierno debe asumir un papel importante aunque limitado, no sólo para corregir carencias y limitaciones, sino también para apuntar hacia un grado más alto de justicia social.” Y se pronuncia: “Me cuento entre los segundos y pretendo explicar que, aún aunque los mercados están en el centro del éxito, si los dejamos funcionar solos, no siempre funcionan bien.” Y puntualiza: “Los fundamentos de la economía del “laissez faire” -a saber, la creencia de que los mercados se bastan para manejar con eficacia, no digamos con justicia, toda la economía- se han derrumbado.”

Su pensamiento crítico establece: “Pude percibir el impacto de los felices `90 en EE. UU. y  en el extranjero. Pude apreciar la incoherencia entre lo que defendemos en casa y lo que imponemos afuera”.

Ensaya una visión de lo que llama el idealismo democrático. Se  trata de fomentar un equilibrio entre el Estado y el mercado para producir crecimiento, menos contaminación,  empleo pleno y relaciones saludables entre el poder y la población.             

CÓMO HACER FUNCIONAR LA GLOBALIZACIÓN

El subtítulo es la denominación de la tercera pieza de Joseph Stiglitz, la  que vio luz en 2006. Postula aquí cambios para que mundialización alcance a toda la población planetaria y no sólo a las naciones desarrolladas. La experiencia de la crisis mexicana de 1994 le sirvió para ver qué fenómenos ocurrían (o estaban por suceder) en Latinoamérica.

“Llegué a la conclusión -dice- que los países ricos, a través de las organizaciones como el Fondo Monetario internacional, la Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial no sólo no estaban haciendo todo lo que estaba en sus manos para ayudar  a estos países, sino que, a veces, les estaban haciendo la vida más difícil.”          

En este trabajo el economista se interna en los problemas del comercio justo, las barreras proteccionistas, los problemas de la propiedad intelectual y del régimen de patentes y su incidencia en el valor de los medicamentos, los recursos naturales y el medio ambiente, la deuda externa, etc., proponiendo la adopción de marcos normativos de nuevo tipo.

El Premio Nobel de Economía no ha ahorrado certeras críticas al sistema que vivió por dentro, desde posiciones de conducción privilegiadas. No es, sin  embargo un  fatalista.              

Tiene palabras de optimismo como las siguientes: “Podemos conseguir que la globalización funcione no sólo para los ricos y poderosos, sino para todos, incluidos  los ciudadanos de los países más pobres.”

Pero advierte, a la vez, que se trata de “una tarea larga  y ardua”.

Una labor colectiva, en la debieran sincronizar acciones los gobernantes de los países pobres, levantando más sus puntos de mira.

Walter Celina - Abril de 2007  waltercelina1@hotmail.com


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