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EDUCACIÓN SEXUAL
MURIÓ EL REY. ¡VIVA EL REY!
Lo que voy a manifestar no tiene otro alcance que aportar un
testimonio, muy personal, acerca del largo camino recorrido
hacia la implantación de la educación sexual en los programas
educativos de Uruguay.
En 1950, en el Liceo Departamental de Soriano, que en Mercedes
ocupaba el edificio de la calle Roosevelt, entre 18 de Julio y
Haedo, existía un núcleo fermental de estudiantes.
Nos agrupábamos en torno
al Centro Universitario (C.U.M.).
Convergían allí inquietudes culturales y sociales de diverso
tipo, los saberes adquiridos y muchas de sus interrogantes.
Me detendré, en concreto, en la relevancia que los cursos de
Historia Natural (botánica y zoología), Anatomía y Fisiología
Humanas, Biología e Higiene y Psicología tenían para nuestro
despertar al mundo de las ciencias, sin desconocer la
importancia de dábamos a otros campos.
Los profesores J. Correa, Z. Chelle, M. Larnaudi, López Todde,
Razquin, Milans y otros nos suministraban las bases para un
mayor entendimiento del cuerpo humano, de sus aparatos y
funciones, así como del psiquismo. Accedíamos a la comprensión
de las formas de reproducción de los vegetales y animales y, de
modo menos específico, a la humana.
Muchos de nosotros advertíamos que el sexo debía ser
explicitado, más la puerta estaba interdictada. Aquello no
formaba parte de los programas.
Todo lo referente a la sexualidad estaba cubierto por un espeso
tapiz. Seguramente no para aquellos esclarecidos docentes, a los
que tanto debemos los de aquellas generaciones.
El sexo, que nunca dejó de practicarse era, en el discurso de
algunas tendencias, algo cuasi-pecaminoso, digno de
silenciamiento.
Pero allí, como en todas las historias de lo prohibido,
estábamos los jóvenes lanzando preguntas para construir el mejor
conocimiento. El diálogo y las lecturas eran buenas herramientas
para orientar nuestras conductas. La familia, según la media
social imperante, no operaba como una fuente esclarecedora.
La Biblioteca Municipal Eusebio Giménez -con
su magnífico personal- y, la liceal (de formación
tardía), nos proveían de determinadas informaciones, a lo que
agregábamos las referencias que nos suministraban amigos mayores
y los hallazgos propios, como los libros de Havelock Ellis o los
del Dr. Van Der Velde, uno de cuyos tomos era un insulzo tratado
acerca de El Matrimonio Perfecto...
Por fuera de la cátedra oficial, algunos jóvenes comenzamos a
escuchar con atención las reflexiones del Dr. Alfredo Alambarri
sobre la excelsitud de la maternidad, del amor y el sexo en la
consolidación de la familia, de las interacciones entre la
psicología y la pediatría
moderna, de los estudios de Sigmund y Ana Freud sobre la
naturaleza de los comportamientos, el desarrollo de la
personalidad y el sexo.
Otro gran intelectual mercedario, Hugo Ibarburu, poseedor de una
acendrada cultura, había leído de punta a punta la obra de Freud
y en las tardecitas llegaba al mítico Café Sorocabana. Con
Enrique Pedro Haba -después profesor de filosofía en
universidades alemanas-
nos allegábamos a su mesa. Desde allí sorbíamos sus
conocimientos sobre el creador del psicoanálisis.
El gran maestro, en forma temprana, había sostenido que “el daño
ocasionado por la omisión de la educación sexual reside en el
hecho de que, para el resto de la vida, la sexualidad queda
marcada con el sello de lo prohibido y que este mal sólo se
puede contrarrestar si los niños reciben educación sexual”.
Gota a gota, adquirimos conocimientos extracurriculares. Nos
hicimos mayores. Nos casamos, tuvimos hijos y la educación
sexual siguió solitaria, condenada en la penumbra, fuera de la
óptica de la educación formal en escuelas y liceos.
Transcurrieron más de cincuenta largos años de oscurantismo, de
privación de la luz del conocimiento y de sepultamiento de un
asunto crucial de la vida.
En 2007 la educación sexual será una materia más en la formación
corriente de los educandos. No más tabúes, ni soslayamiento de
un hecho natural inherente a la sociedad humana y a la
constitución de la pareja.
En semanas podremos celebrar este demorado avance. Tras tanta
espera, nada más justo, que repetir: “Murió el rey. ¡Viva el
rey!”
Bienvenida la educación para el disfrute de la vida y la ruptura
de un prejuicio tan consolidado, como dañino.
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