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EL ALMA DE LAS CIUDADES
Transitar por las calles de una ciudad supone ir al encuentro de
su presente e, inevitablemente, de su pasado.
Hay lugares abiertos que convidan a entrar en su historia. Los
cerrados habilitan el paso de los recuerdos. A veces, en unos,
el tiempo ido parece juntarse con el que transcurre.
Todo esto acontece con los bares y cafés de Montevideo, puntos
de sociabilidad de los barrios, donde se funde la vida
ciudadana.
Por más de cincuenta años he visto las luces y oído las voces de
estos locales y he escudriñado a su gente.
He percibido parte de sus alegrías y emociones y me he
aproximado a sus escondidos secretos.
He estado en
tertulias pletóricas de voces y escuchado la palabra de poetas,
escritores, periodistas y cantantes. Conservo la resonancia de
guitarras y bandoneones.
En el Montevideo de los años 50 los bares y cafés estaban
institucionalizados en las esquinas de las avenidas en un
fenómeno sorprendente, repetido en las calles importantes de los
barrios en que se desgrana la urbe.
En aquellos ambientes amigables florecían los encuentros
cotidianos, antes o después del trabajo, como un verdadero rito.
El paso del tiempo y los cambios experimentados por las
ocupaciones fueron modificando las fisonomías. Los toques de
modernidad los trasmutaron. Los hicieron algo diferentes y, de
seguro, más confortables. Siempre dispuestos a los desafíos de
la intimidad.
Algunos se fueron, irremisiblemente, como los “Palace”,
“Antequera”, “Ópera”, “Chamadoira”, “Oriental”.
Otros, dieron el paso a nuevos tipos, aproximándose a casas de
comida. Como siempre, muchos siguen tan campantes, en un alarde
de resistencia a lo nuevo.
¿Cómo no recordar, en este fogonazo de la memoria,
al “Gran Sportman”, en 18 de Julio y Tristán Narvaja,
frente al edificio de la Universidad de la República?
Sus paredes albergan los murmullos de los estudiantes que,
concluidas las clases, salíamos de las Facultades de Derecho o
de Ciencias Económicas e íbamos a comentar temas de estudio,
episodios de la vida universitaria, del acontecer político o,
simplemente, tantas veces, para compartir el café de la amistad.
A no muchas cuadras de allí, frente al Hospital Pereira Rossell,
en Bulevar Artigas y la actual Francisco Canaro, en un ambiente
más recatado, solía encontrame con dos amigos entrañables: el
Esc. Eugenio B. Cafaro y el Pr. Julio Alberto Salgado.
Meditábamos sobre cuestiones de derecho llevados de la mano de
Cafaro, quien ejercía en la facultad la cátedra en materia civil
y, de paso, lo escuchábamos evacuar, muchas veces, consultas que
le formulaban profesionales amigos.
Al llegar los meses de clima benigno no faltaban las
invitaciones para trasladarnos desde las oficinas céntricas a la
Aduana, para arribar al “Bar Roldós”, en el Mercado del Puerto.
Su servicio clásico era un vaso suave de “medio y medio (caña y
vermut), que se acompañaba con unos sándwiches sabrosos. Sus
mostradores acogen clientelas desde 1886.
En el Prado, en Av. Luis Alberto de Herrera y Cubo del Norte,
permanece incólume la casona que alberga a “Los yuyos”, un bar
en que la caña se cruza con sabores de pitangas, nísperos, uvas,
arazá, aproximándose a un ciento de variedades. Su historia
cabalga desde hace un siglo.
En el Mercado Central, detrás del Teatro Solís, en Ciudadela y
Reconquista, fluye con toda su tradición a cuestas el “Bar Fun
Fun”. Viejas fotografías tapizan sus paredes. Allí las
evocaciones se encuentran con Carlos Gardel.
Un poco más hacia el corazón de la city, en Ituzaingó casi 25 de
Mayo, impone su señorío
el “Café Brasilero”. Se fundó en 1877, se renovó hacia 1920 y
compitió con el memorable “Tupí Nambá” y otros de su condición.
Tiene los trazos del Art Nouveau. Allí me supe reunir con
entrañables amigos con los que, a la caída de la dictadura,
participábamos en el proceso de democratización. Debían
efectuarse las elecciones de 1984. A escasos metros estaba la
sede de la Corte Electoral. Desde sus mesas programábamos
entrevistas y acciones para asegurar garantías comiciales.
De entre todos, en el Cordón Norte,
el “Rey” perfila su rostro de bar y café tradicional.
Permanece igual a sí mismo, con su mostrador de mármol de
carrara y demás instalaciones de maderas nobles.
Por las mañanas, el aroma a café y el zumbido de la máquina a
vapor impregnan el ambiente. Los desayunos se suceden. Al
mediodía, una cocina familiar atiende a los vecinos habitués.
Por las tardes y noches la tertulia es en torno al fútbol de
televisión o la mesa de naipes.
La memoria de las ciudades tiene en los bares y cafés encerrada
una buena porción de la historia de la que somos parte los
ciudadanos.
Montevideo no es una excepción. A cualquiera de las versiones
escritas, que reproducen tantos libros sobre el tema, pueden
añadirse innúmeros relatos verbales.
Los bares y cafés se parecen a cofres. Desde ellos se desnuda el
alma de las ciudades.
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