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LA VOZ DE LOS ARTISTAS
De seguro, será posible concordar con los lectores en estas dos
afirmaciones sustanciales: 1) La cultura es un bien que enaltece
la condición de cada individuo y, 2) La cultura es, asimismo, un
bien eminentemente social (por tanto compartido), que potencia
la capacidad realizadora de un país. Es pues, la condición para
un desarrollo incesante.
La cultura supone un disfrute, siendo -a la vez- una necesidad.
Uno de sus grandes impulsores es el sistema educativo, aunque
aquella no depende exclusivamente de él.
En política: ¿Cuánto se piensa, se proyecta y se hace por este
instrumento de transformación genuina?
Las acciones creadoras que movilizan agentes culturales,
privados y oficiales, no han desaparecido del escenario
nacional. Más: podría decirse que florecen en cada estación, más
allá de las alternativas de un clima, no siempre adecuado
para los emprendimientos y sustentación de los talentos.
La suma de generosos impulsos no supone -por encima de su
importancia real-
la existencia de un modelo o proyecto cultural nacional. Las
realizaciones surgen al margen de cualquier idea de coordinación
o planificación integradora.
Cabe afirmar que este estado de cosas afecta, de modo directo, a
los artistas de los más diversos géneros.
Recientes acciones de
sensibilización de la opinión ciudadana, llevadas a cabo por la
Sociedad Uruguaya de Actores (SUA), a la que sumaron su concurso
la Asociación Uruguaya de Músicos, la Asociación de Danza del
Uruguay, la Federación de Teatros Independientes, la Asociación
de Teatros del Interior y los Directores de la Asociación de
Espectáculos Carnavalescos puso de relieve, negro sobre blanco,
la inexistencia de una Ley de Seguridad Social y del Trabajo
para el importante grupo de los gestores culturales.
Nuestros artistas están discriminados: carecen de un sistema de
salud y de previsión social. Viven un desamparo dramático. Y la
cultura, que es el objeto de su labor, no tiene en el voluminoso
Presupuesto Nacional norma alguna referida a la forma de
producir y proteger los elementos constitutivos de este gran
patrimonio, enraizado con la identidad uruguaya.
En los ámbitos de los Ministerios de Trabajo y Seguridad y de
Educación y Cultura -menos en éste que en el primero- se han
venido manejando fórmulas para un anteproyecto que atienda los
problemas expuestos.
Se trata de esbozos para dar garantías mínimas a los
trabajadores de la cultura, comenzando a reconocer derechos
elementales.
Por unos días los artistas ganaron la céntrica Plaza de
Cagancha, difundiendo sus aspiraciones y dialogando con el
público. Fueron acogidos con natural simpatía por los
ciudadanos.
Es deseable que, a la brevedad, el Poder Ejecutivo pueda enviar
al Parlamento las iniciativas atinentes a los puntos comentados.
La atención a los artistas nacionales no será promover
privilegios, sino acordar pautas para poner en práctica
una legislación adecuada a la especifidad de las tareas.
Volvamos al principio. Estimulando a los actores -de todos los
géneros- se cimentará la cultura, que es el gran motor que hace
que las naciones asciendan a mejores destinos.
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