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LA CONCEPCIÓN HUMANISTA DEL DR. ALFREDO
ALAMBARRI
En 1956 el entonces presidente del Consejo del Niño, Dr. Alfredo
Alambarri (1), creó a modo de ensayo varios servicios
asistenciales. Uno de ellos lo denominó Brigada Móvil de Acción
Social.
El Estancamiento productivo y la merma en las colocaciones de la
producción nacional en el exterior, más la caída de los precios
internacionales, jugaban a la contracción de la economía.
El funcionamiento de las familias experimentó la presión de
estos factores que, entre otros,
se manifestaron expeliendo niños a las calles,
especialmente en Montevideo, aunque el fenómeno se visualizaba,
asimismo, en el Interior.
La Brigada Móvil integró a personas de buena voluntad y adecuada
preparación.
Comenzó a operar como un instrumento social activo. Recorría los
barrios capitalinos, detectaba menores que permanecían fuera de
sus hogares. Orientaba a las familias. Brindaba socorros y
estímulos. Cohesionaba grupos humanos desarticulados.
Sostenía el Dr. Alfredo Alambarri que “el Estado no debía
renunciar a sus funciones tuitivas sobre la minoridad” y que,
por consecuencia, se hacía menester “ir al encuentro de los
problemas de la sociedad”. Se trataba de reencausar a los
núcleos parentales con dificultades y proteger a niños y
adolescentes de los efectos perniciosos de la vagancia y de los
“trabajos”, muchos de los cuales encubrían la explotación de
personas de corta edad por mayores. Abogaba el insigne pediatra
social por medidas que permitieran devolver a los niños a su
medio natural, junto a sus padres o, en su defecto, para que
fueran acogidos en algunos de los tipos de “hogares sustitutos”,
evitando internaciones.
Tanto en Ituzaingó, donde estaba emplazado el establecimiento “Martirené”,
como en Montevideo, fueron
instituídos agrupamientos dirigidos por matrimonios,
algunos formados por maestros, donde transitoriamente eran
alojados los menores en estado de abandono.
La repartición creada funcionó con escasísimos recursos y con
personal honorario, en su mayoría.
Orientaciones distintas se sucedieron en el organismo de la
infancia tras el alejamiento del Dr. Alfredo Alambarri y, aunque
la Brigada Móvil no desapareció, subsistió discretamente.
Importa decir que la noción básica, de raíz humanista, acerca de
la irrenunciabilidad de las tareas protectoras del Estado
respecto a la niñez, estaba establecida de modo sólido, al menos
teóricamente. Nadie la objetó desde el punto de vista jurídico,
lo que hace a una orientación honrosa del derecho uruguayo, así
como a una práctica con pasajes muy enaltecedores.
El principio tuitivo cruzó, pacíficamente, el escenario nacional
por unas cinco décadas, como mínimo, más allá de aciertos o de
insuficiencias organizativas o institucionales que siempre es
posible advertir.
Nadie sostuvo que el niño lanzado a la vía pública no debía ser
protegido con inmediatez.
Otros vientos soplaron y, un mal día, la concepción pareció
tambalearse. Fue cuando el jerarca del Instituto Nacional de la
Niñez y la Adolescencia (INAU, sucesor del INAME y del Consejo
del Niño) manifestó que no se sentía obligado a conceder la
necesaria asistencia a los menores incursos en abandono
callejero.
Un Fiscal recogió el guante, señalando luego la Justicia que el
INAU no puede resignar unas de las labores que fundamentan su
propia existencia. Los menores que padecen el debilitamiento de
sus vínvulos familliares o los tienen destruidos, tienen que ser
amparados.
Así las cosas, los puntos fueron colocados sobre las íes,
volviendo las cosas a su lugar.
Extraña concepción la de quien, por un instante, pensó que no
debía hacer lo que estaba en la tapa del libro: brindar
atención, como un buen “pater familias”, a todo menor que
carezca de un ámbito acorde para crecer en salud y desarrollar
de su personalidad modo pleno.
Un yerro lamentable y, al fin, una decisión plausible.
Ahora, lo importante, es que se cumpla.
(1): Diputado batllista en la legislatura 1950-54. Accedió a la
dirección del Consejo del Niño bajo la presidencia de Andrés
Martínez Trueba,
permaneciendo en el instituto hasta el advenimiento del gobierno
blanco-chicotacista. Defensor de los principios de laicidad, sus
ideas entroncaron con las concepciones varelianas y el
pensamiento social avanzado de su época, adelantándose con
nociones hoy firmemente admitidas en los planos pedagógicos y de
la pediatría social.
Sus primeras obras pioneras tuvieron lugar en los
Establecimientos “Chopitea” y “Vizcaíno” de la ciudad de
Mercedes, donde dejó la marca indeleble de su inteligencia
puesta al servicio de una sociedad más justa, inspirada por los
principios del bien público.
Sufrió interrogatorios y detención por su oposición al
autoritarismo de los años 70 y su adhesión a las ideas de
libertad. Condenó al bordaberrismo y emigró del Partido Colorado
y la Masonería.
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