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QUE
ESE TREN PASE SIN DETENERSE
El Uruguay discute, y no sólo de ahora, sus relaciones con el país
más tentacular de la América del Norte, a los fines de cerrar un
tratado de libre comercio, al que se le denomina
simplificadamente con tres letras. Se trata del TLC para el cual
el presidente G. W. Bush dispone de una vía rápida, ahora
acotada en el tiempo, por lo que todo debe apurarse tanto allá
-donde se acaban los plazos-, como aquí donde la gente no está
convencida, porque desde hace tiempo no cree en los angelitos.
La lección entre el tiburón y las sardinas tiene todo el
dramatismo que, de antiguo, -50 y más años-, pudimos conocer
cuando por renegar del libre comercio impuesto, Guatemala
fue groseramente invadida y masacrada.
Valdría la pena que los desmemoriados recorrieran las páginas de
Acción, de Luis Batlle Berres, las de Luis Alberto de
Herrera en El Debate, Las de Carlos Quijano en Marcha o las
de Rodney Arismendi en la prensa marxista.
Todas las materias primas, especialmente las frutas, las vías y
los puestos de embarques eran de “propiedad yanqui” y nada podía
nacionalizarse, ni en la más mínima forma.
Todo epilogó en un brutal baño de sangre, iniciado por el bien
mandado Castillo Armas, un militar preparado en las escuelas de
inteligencia y adiestramiento que funcionaban en Panamá. Penetró
con un ejército de mercenarios por una de las fronteras.
El zorro en el gallinero se transforma en amo y señor y un
tratado, acuerdo, convenio, o como quiera llamársele, con los
Estados Unidos debe mirarse con el signo de la desconfianza. Como
siempre y, hoy, más que nunca.
El mundo desconfía de los Estados Unidos, con razones más que
fundadas. Algunos edulcoran sus palabras y miran con la seguridad
que recibirán el maná celestial, tras celebraciones anticipadas
con champagne... (que la prensa supo registrar).
Los uruguayos precisamos comerciar, pero no transformarnos en
bueyes en campos de los grandes señores que orientan la más
frenética y anticompetitiva globalización.
¿Qué se va a informar al pueblo uruguayo? ¿Cuáles son los
beneficios a recibir y cuáles las contrapartidas? ¿Ganamos o
perdemos? ¿Gozaremos de igualdad de condiciones y de condiciones
ventajosas o repetiremos la historia de la sardina que dialoga
mientras va directo a las fauces del tiburón? ¿El TLC deparará
beneficios de qué orden y para quiénes serán?
¿Qué facilidades tendrán, entre otras, ramas como las del
medicamento? ¿Qué desea incorporar en esta materia los Estados
Unidos? ¿Cómo será tratado el dilemático asunto de las patentes?
¿Qué resguardos pide la superpotencia para que el tratado sea afín
a sus colosales intereses? ¿A qué se expone Uruguay si camina con
los ojos vendados y al cadalso?
Si hay algo de positivo en un balance de ganancias y pérdidas, que
todo sea expuesto en un ámbito de examen sectorial múltiple, que
haya dictámenes técnicos y políticos.
Si no, dejemos que el tren pase y orientemos al país hacia
alternativas zonales, regionales y mundiales, de nuevo signo.
Tres prestigiosos especialistas -entre varias decenas- han
prevenido sobre la hipoteca que un TLC -o como se le bautice-
puede acarrear para nuestros hijos y nietos.
Aquí lo técnico se funde con los criterios políticos más
definitorios.
No es para ponerse radiante cuando algunos de nuestros gobernantes
juegan alegremente con el fuego y hacen crucigramas con palabras,
que no taparán una errónea decisión.
Vale recordar que el patrimonio oriental no es vendible.-
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