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UN
TOQUE DE ACENTO PRUSIANO
En la portada de un nuevo año lectivo ha sonado un disparo
político, merecedor del alerta público. Un senador del partido de
gobierno, con el apoyo de la alianza tupamara a la que pertenece,
lanzó la poco pertinente iniciativa de enseñar el manejo de armas
a jóvenes estudiantes, como una nueva actividad curricular.
En rigor, sobre el desacierto o la conveniencia de la idea
deberían estar opinando los Consejos de Educación, el Consejo
Directivo Central, los asesores pedagógicos y sociólogos con que
cuentan los organismos de la enseñanza. Que los hay y no son
pocos.
No es, sin embargo, una cuestión que incumba privativamente a las
ramas de la educación o a los técnicos.
Es un punto que atañe directamente a padres, educandos, ciudadanía
y sectores políticos.
El asunto promovido se inscribe en el muy amplio rubro de qué tipo
de fuerzas armadas y policiales quiere y precisa el país; en cuál
debería ser el formato y volumen de estos pesadísimos aparatos y
cómo aprestarlos para que puedan prestar una asistencia eficaz a
la sociedad; de qué forma transparentar sus actividades y
determinar que los recursos que insumen sean los compatibles con
el país real.
Corresponde expresar que el núcleo partidario citado -en un tiempo
histórico no lejano- pagó tributo a una estrategia azarosa y
equívoca, que como un boomerang cayó sobre sí, favoreciendo, por
añadidura, el hundimiento uruguayo en los años de plomo.
Llevado por la afición militar de que suelen jactarse algunos
miembros de la agrupación, meses atrás uno de ellos bendecía la
idea de sustentar la estructura castrense vernácula. La reputaba
imprescindible.
Quizás, como derivación de la misma filosofía, es que haya
aparecido la incitación proclamada por el legislador de su
cofradía.
¿Por qué vamos a hablar de armar a los jóvenes cuando no existe
una discusión abierta en lo principal de la materia?
Las vías del debate están cerradas a cal y canto. No se habla
dentro del gobierno, ni fuera. Todo sigue como hace mucho. Salvo
este verdadero tiro al aire, disparado en la noche callada.
Lo primero a recordar es que las armas están hechas para matar.
Las fuerzas armadas -y los ejércitos dominando en ellas- se
muestran al mundo como instrumentos de conquista. Las de las
grandes potencias aplastan a las menores y las tecnologías de
exclusivo dominio imperial hacen que las fuerzas opositoras -como
en las guerras de las Malvinas, del Golfo y otras-, caigan como
moscas.
Cuando la insurgencia popular es total (lo que responde a un
estado de conciencia o a una necesidad insuperable) la carnicería
humana estalla y se hace irrefrenable. Es cuando los contingentes
con alta profesionalización suelen replegarse a sus territorios de
origen.
¿Cuál es la óptica militar tupamara? ¿A ella nos encaminamos sin
decir agua va? ¿A cuánto dista la proposición emitida de la
conformación de una milicia juvenil, o de algo así como de la
formación de una oficialidad de reserva?
Las preguntas podrían proseguir.
No hay medida para evaluar lo que está por debajo de la
superficie. Aquello que “en boca cerrada no entran moscas” es
parte de los secretismos con que estas zonas de la política
militar son encaradas.
Un planteo como el del senador oficialista amerita examinar
obligatoriamente hipótesis, a falta de otros elementos.
Si su pensamiento hubiera sido explicitado o, si se estuviera
discutiendo con claridad, tal vez lo sabríamos. Si el Frente
Amplio lo hubiera abordado -como lo prometió-, algo más tendríamos
entre dos platos.
No objeto que haya personas que gusten sentirse soldados o que
presuman que han sabido ser “más milicos” que los demás…
Considero que la república, sus instituciones democráticas, el
estado de derecho, se armonizan plenamente en la condición de
civil, a secas.
La educación y el bienestar de la gente y el reforzamiento de las
políticas que procuren atenuar, reducir o borrar desigualdades,
discriminaciones y quieran someter el crimen, debieren estar en
la cabeza de quienes amen la justicia, se proclamen solidarios y
sean capaces de cultivar la fraternidad. Más, querer poner armas
en manos de los muchachos, para que en cualquier acto de alarde o
descuido se hiera o mate a un semejante, es una barbaridad.
Jamás vista y nunca antes sustentada como filosofía de la
educación en Uruguay.
Por el contrario, hay que profesar, con vigor, la idea de la paz y
del diálogo. Prevenirse y preguntar. ¿Acaso a estos jóvenes -con
instrucción en el manejo de armas- los vamos a exportar, como a
los miles de soldados que deben arriesgar sus vidas “en nombre de
la patria” oriental, para obtener un sueldo de sustento
familiar?
No hay derecho a ignorar que fuerzas privadas mercenarias están
coadyuvando en las guerras actuales, con el fin de evitar que más
soldados profesionales de los Estados retornen a sus países en
bolsas de nylon negro.
La cuestión de las armas presenta, como se aprecia, muchas puntas.
La liviandad del planteo del senador, con el visto bueno de la
agrupación que integra, tiene un tufillo prusiano.
Y un solo mérito posible: hacer que más gente piense, hable,
debata y ponga encima del pupitre la globalidad del tema, muy
importante en el destino de cada uruguayo. |