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EL
MISMO PERFIL
DICTADORZUELOS
HASTA LA SEPULTURA
El 31 de marzo de 1933, cuando aún no había nacido, el Dr. Gabriel
Terra dio un golpe de estado desde el Cuartel de Bomberos de
Montevideo. Lo apoyaron fuerzas políticas conservadoras y sociales
vinculadas al ruralismo y, entre aquellas nobles familias estaban
los ascendientes de los Bordaberry, de éstos que tienen historias
actuales.
No me referiré al incidente polémico ocurrido en un canal
televisivo, donde el Dr. Pedro Bordaberry acaba de defender la
impunidad de su padre tras el arrasamiento institucional ocurrido
el 27 de junio de 1973.
En los cuarenta años que separaron un acto del siguiente y con
posterioridad al último, muchas vidas fueron cegadas y horrendos
actos de violencia castigaron a la familia uruguaya, en especial a
trabajadores, estudiantes y ciudadanos que no comulgaron con
sectores del poder. Es condición de las dictaduras.
Al asumir el primer gobierno “blanco”, en 1959, la situación de
sectores del funcionariado público era penosa.
Los gremios de la actividad privada tenían trayectoria cumplida,
incluso en actividades de servicios públicos en que la tropa
procuró, muchas veces, sustituir a los operarios en paro.
A principios de 1960 los trabajadores de la Compañía del Gas
decretaron movilizaciones y el gremio mío, del Consejo del Niño
-con una organización incipiente-, planteó sus reivindicaciones
para el personal y demandó rubros para los servicios de atención a
la niñez.
El Directorio del Partido Nacional nos recibió con un reproche del
Dr. Martín R. Etchegoyen, que lo presidía.
Sostuvo el jurista que las medidas de paro eran ilegales en los
servicios públicos y, así quedó constancia en el acta divulgada
por El Debate.
Salimos con las manos vacías y el corazón caliente.
El Dr. Evangelista Pérez del Castillo presidía el Consejo del
Niño, cuyo consejo honorario se integraba con delegados de la
Facultad de Medicina, Institutos Normales, Suprema Corte de
Justicia, Facultad de Agronomía y de las instituciones privadas de
asistencia al menor (católicas).
Previo al paro proyectado, este directorio nos recibió con
cortesía, aunque no tuviera peso para imponer cambios en las
directivas presupuestales del Ministro de Hacienda, Cr. Juan
Eduardo Azzini, propulsor de las pragmáticas del Fondo Monetario
Internacional.
Como secretario general expuse las necesidades que era urgente
contemplar en dicho organismo.
Desde el medio de una bellísima mesa de caoba, tutelada por un
vidrio oval, un señor me replicó, más o menos así:
-Las medidas por Uds. tomadas afectan el régimen de derecho,
debilitan la democracia y están prohibidas por imperio del Artº
165 del Código Penal, que impide la huelga de los funcionarios
públicos. El planteo de Uds. se hace inviable,
concluyó aquel representamte de las entidades privadas de la
infancia.
Repliqué con fuerza juvenil:
-Acompañamos la tesitura de diversos constitucionalistas,
administrativistas y profesores que sostienen que el derecho de
huelga nos ampara al encontrarnos bajo un sistema de garantías
democráticas generales. Antes que nada habría que pensar que el
debilitamiento de la democracia se produce cuando la dictadura del
Dr. Gabriel Terra transplantó directamente del código fascista de
Mussolini esas normas que el Dr. José Irureta Goyena incorporó al
Código Penal Uruguayo.
-¡Esto no puede ser!,
dijo mi interlocutor, arrancándose con una mueca la pipa de entre
sus labios.
Y agregó sofocado: -¡Qué barbaridad!
Se levantó rodeado por varios consejeros.
Quedé absorto. ¿Por qué tanto alboroto?
-Se pasó Celina,
me dijo despacito el presidente del gremio, Sr. Maximiliano
Tosseto: él es hijo del Dr. Gabriel Terra…
-No lo sabía. De conocerlo podría haber acomodado la contestación
de otra forma, para sostener qué es lo que debilita la democracia.
Los descendientes de Terra y Bordaberry no cejan en lo que como
hijos sienten por necesidad de ser.
Son solidarios con sus padres no porque la razón los ampare, sino
porque pertenecen a una estructura social en que imperan las ideas
de aplicar la coerción para preservar los intereses egoístas de
los menos.
Las
libertades los ahogan, gustaba decir un sabio legislador
uruguayo. |