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UNA
LECCIÓN QUE NO CAYÓ EN VANO
AQUELLAS CLASES DE HISTORIA UNIVERSAL DEL 47
La señora era alta, su vestuario sobrio, cabellos negros, usaba
anteojos y caminaba con paso seguro.
Salió de la sala de profesores rumbo a nuestra clase, distante a
unos quince metros.
Era la profesora de historia universal, una materia nueva para los
recién egresados de la educación primaria. Allá por los años 47
del siglo pasado nos abriría las ventanas para interpretar buena
parte de los arreglos y desarreglos del mundo, desde los tiempos
más remotos.
Utilizaremos como libro de referencia Prehistoria y Oriente
de Secco Ellauri & Baridón,
dijo con voz grave y entendible.
En rigor, el título recomendado era el primero de un excelente
compendio que abarcaría hasta la época contemporánea, a tenor de
los volúmenes que le seguían para los años siguientes.
Conocíamos los hitos de la historia nacional aprendidos desde los
bancos escolares pero, esto que la profesora nos ofrecía, estaba
en una perspectiva diferente que íbamos descubriendo con los ojos
absortos.
Pasamos por el hombre de Neardenthal y por las Cuevas de Altamira
hasta que un día llegamos al Oriente.
Conocimos las formidables civilizaciones que florecieron a las
orillas de los Ríos Tigris y Éufrates, los que conformaban el área
fértil de la Mesopotamia. Estábamos en uno de los grandes
escenarios del mundo antiguo.
Los museos que hasta hace algunos meses allí existieron atesoraban
piezas fabulosas, únicas en su género, las que sobrevivieron
guerras y saqueos y conflagraciones violentísimas. Pero no
pudieron resistir los bombardeos lanzados contra Irak, ni las
sustracciones de la soldadesca de ocupación actual.
Se trata de la lesión más grosera y aberrante que se ha hecho
contra un auténtico patrimonio cultural de la humanidad.
El juicio no se vincula a razones políticas inmediatas o
militantes, cuya vigencia no debería excluirse, sino que vienen de
aquella lejana época en que tomáramos las primeras lecciones de
historia universal en el Liceo Departamental de Soriano, en la
ciudad de Mercedes.
Aprendimos a respetar otras culturas, a admirar sus colosales
obras y a cultivar el humanismo como filosofía de existencia.
La docente no era otra que la Señora Alzugaray de Klappenbach, a
quien sus alumnos siempre recordamos reverenciando su saber, su
sensibilidad y dones para transmitir conocimientos.- |