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Los sucesos más relevantes de la región fronteriza, desde la óptica del interés público.

TRÁFICO DE DROGAS

HABLAN LOS HALCONES

Hace muy escasos días la red de televisión Globo divulgó una extensa sucesión de imágenes y diálogos registrados en barrios pobres de Río de Janeiro.

Sus únicos protagonistas eran adolescentes vinculados al tráfico de drogas.

Rostros semicubiertos, manos empuñando revólveres y metralletas o transmitiendo señales y, aquellas voces minúsculas, relatando su “modus vivendi”.

Un documento único, crudo y desgarrador. Una muestra de la desintegración social y la antítesis de la sociedad que muchos hemos soñado.

Debajo de este producto pululan los gérmenes que dan vigor a la deshumanización más salvaje y abyecta, en la que claudican familia, educación, trabajo y condiciones de vida dignas.

Se trata, a la vez, de un rubro no contabilizado en los resultados de la civilización globalizada.

Saliendo apenas de su estado de niñez, un chiquilín confesaba que su ideal era calificarse como “bandido”, es decir, alcanzar status de delincuente.

Esta afirmación, respaldada por una catarata de tomas -aportadas por un periodista y hurgador social-, apunta hacia cada uno de nosotros.

Seguramente, la tan prematura convicción del chico, es una bomba de tiempo y generará una preocupación muy explicable.

No es, sin embargo, a este alcance particular al que quiero referirme.

Mirado más en profundidad, el estado apetecido por el menor, se vuelve  en una acusación por lo que como ciudadanos no hemos realizado, como por lo que toleramos y no exigimos. Por la renuncia que hemos hecho a los valores de la solidaridad, la igualdad y la justicia. Por la forma en que hemos ido dando vuelta la espalda a los más débiles, tocados por el hedonismo que llama con las luces del consumo volátil, la mercantilización y la aceptación fácil de lo exógeno. Por las obsecuencias y permisividades en que incurrimos como sujetos sociales.

Por supuesto, este poliedro de facetas tan múltiples, ubica una de sus coordenadas en el punto de la seguridad pública. En la eficacia de la organización, en la preparación y en la lealtad de sus agentes.

El caso expuesto de los halcones (falcãos), los niños delincuentes, no es lo típico de Brasil, aunque quizás la investigación citada permita tenerla como un espeluznante elemento de referencia.

Esta mancha se expande, crece y hunde raíces en nuestro continente.

Se acuña en la pobreza y en la indefensión de la gente que pierde derechos vitales, ante la ineficacia en el cumplimiento de los fines tuitivos del Estado. Se parapeta tras los privilegios y exclusivismos de los sectores o clases que rehusan considerar que la riqueza es un resultado social que debe redistribuirse.

No se trata pues, de un problema de las policías, sino de los gobernantes, de los partidos, de la ciudadanía y sus organizaciones. Y, aunque suene paradójico, es una cuestión que tiene que ver con las policías.

Voy al grano. El Sr. Helio Luz, ex jerarca policíaco de Río de Janeiro, corrobora -sin titubeos- lo que manifestara uno de los menores en el testimonio captado por la Globo: los halcones también pagan el salario de la policía (corrupta, se entiende).

Ninguna generalización “al barrer” es justa. Ni en Brasil, ni en Uruguay o cualquier otro país. Cabe realizar el deslinde en homenaje a los servidores del orden público honestos, que tanto arriesgan.

Pero, la corrupción está instalada en los aparatos. Es una sensación que la opinión pública no niega.

El facsímil de “Zero Hora” -que acompaña este comentario- recoge la opinión del ex jefe policial fluminense. Para él “el tráfico, en realidad, es un socio de la policía brasileña”.

Dejemos este juicio pesado, sin duda, y vayamos a la filmación que alienta el comentario. La pesquisa, cumplida en la “zona caliente” de la ciudad -cuya pintoresca bahía domina el majestuoso pico Corcovado-, comienza a exhibirse en salas de cine, anticipando un debate vigoroso.

La sociedad civil no podrá sustraerse al mismo. Pesará que junto a gobernantes, políticos, educadores, sociólogos y otros expertos, participen quienes tienen a su cargo las tareas complejas de seguridad. Y que los ciudadanos nos incorporemos como sujetos del problema.

Somos, al fin de cuentas, padres, hermanos, abuelos -reales o eventuales-, de una adolescencia a la que hay que brindarle otro destino: el de Hombres del futuro.

Walter Celina - Abril de 2006  waltercelina@hotmail.com


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