|
EN
TORNO AL DESEMBARCO VIKINGO
¡ALGUIEN ESTÁ BAJO LA MESA!
II
NAVEGACIÓN CON MAR CALMO
A diferencia de lo que sucede con Uruguay -que mantiene una
disputa con Argentina, por la que es objeto de duras represalias y
gestos de matonismo por parte del “hermano mayor” del Plata-, en
Brasil la gigante sueco-finlandesa Stora Enso ha
desplegado sus velas. Avanza viento en popa, sin litigios.
En octubre pasado, el vicepresidente de la compañía, Nils
Grafström, anunció en la sede del Palacio Piratini -sede del
gobierno del Estado de Rio Grande do Sul- una inversión entre 900
millones de dólares y un billón. El emprendimiento será de
proporciones parecidas al de Veracel, en el sur bahiano.
En el 2005 se desembolsaron 50 millones de dólares para tierras,
en las que se plantarán eucaliptus y pinos. La fábrica, que
obtendrá celulosa para papel, recibirá los suministros de unas
100.000 hectáreas, proveedoras de la materia prima. Esta vendrá
de Alegrete, Rosario do Sul, Cacequi, São Francisco de Assis,
Unistalda, Santiago, Manoel Viana y Maçambará, a las que se
sumarán Uruguaiana e Itaqui.
En la presentación del proyecto estuvo João Borges, director de
desarrollo forestal de la empresa para América Latina, el
Gobernador Germano Rigotto y una nutrida platea de Prefectos
-Intendentes- que aspiran estar en la mirada de la superempresa.
Como en Uruguay y Argentina, los brasileños precisan de la
creación de empleos para atemperar los rigores de la desocupación.
Por derivación, son generadores de votos.
En celulosa y papel Stora Enso es líder y se ramifica en 40
países.
Su producción habrá de marchar por carreteras y rieles rumbo al
Puerto de Rio Grande (cercano a Pelotas), sin ambientalistas
molestos, ni piquetes que obstruyan las rutas. Al menos por ahora.
UN COMPAÑERO ESTÁ DE ESPALDA
Cuando el Presidente Tabaré Vázquez ratificó los compromisos de
sus predecesores, en cuanto a dar luz verde a los proyectos de
Botnia y Ence, su proclamado amigo, el Presidente de
Argentina, Néstor Kirchner, frunció el seño.
Varias plantas menores operan en la región mesopotámica argentina.
Arrojan al Río Paraná soluciones contaminantes de la producción de
papel. Lanzan al aire sus pestilentes vapores insalubres. Lo hacen
sin el menor rubor y cuidado. Sin contralores efectivos.
¿Cuánto le interesa el medio ambiente al presidente argentino, que
deja envenenar la naturaleza y no restringe los efectos
perniciosos sobre el hombre de esos emprendimientos?
Evidentemente, nada.
Que el Uruguay lo haga ¿sí?
Su amor por la naturaleza y la vida es, por lo menos, tan
repentina como desconfiable.
Después del descalabro del gobierno de De la Rúa (que también
despertara las afinidades del Frente Amplio del Dr. Tabaré
Vázquez) y con con la brutal inestabilidad que sobrevino, ningún
capitalista externo consideró este país una “tierra firme” para
negocios de gran porte.
¿Los precisaba Argentina?
¡Vaya que sí! Sabe Néstor Kirchner lo que es la miseria crónica en
las provincias.
Cuando Tabaré Vázquez dio su acuerdo para instalar los
emprendimientos, su homónimo se sintió fuera de foco. Comenzó a
estorbar y entorpecer el negocio por una tajada. Uruguay, en
tanto, acentuaba las facilidades de radicación de los nórdicos.
Kirchner presintió que perdería cientos de puestos y que no
agregaría adeptos. Quiso una suspensión de obras. Interfirió con
decisiones que -aunque equivocadas, a juicio de muchos- son, sin
embargo, las que adopta un país soberano.
Dio vía blanca al corte de rutas, de libre paso en el MERCOSUR,
para dañar la economía de Uruguay y, ahora, cuestiona
-especialmente- a Botnia. Procuró que Vázquez dispusiera un
stop de las obras. Alcanzó un ruego público y gestiones
reservadas. El medio giro dado por el presidente uruguayo y las
posteriores manifestaciones del secretario presidencial, costaron
más de un dolor de cabeza.
Nada le sirvió. No pudo más, se metió debajo de la mesa de
negocios, moviéndola frenéticamente para obtener partido.
Finlandia suprimió de la agenda la visita de su representante a
Argentina y se agriaron las relaciones.
El comportamiento del Presidente Kirchner no lo dicta la defensa
del medio ambiente. No ha sido cuidadoso de las relaciones
históricas fraternas con un país democrático vecino. Es
provocativo y, a todas luces, oportunista. Quiere una porción en
un negocio que, como el de Brasil, ha de generar empleos en el
entorno de dos mil puestos.
La falta de principios de Kirchner es absoluta.
Lo dicho no mejora la actuación del Presidente Vázquez, apretado
como jamón de sándwich entre una multinacional -que se muestra
arrogante- y el poco oficio de los negociadores locales.
Hay algo más en el tintero y lo verteremos en una nota con que
cerraremos este capítulo.- |