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EN
TORNO AL DESEMBARCO VIKINGO
I
HAGAR LLEGA AL RÍO DE LA
PLATA
Hagar es un personaje moderno que evoca a los vikingos medioevales
en las magníficas ilustraciones de Chris Browne
Aquellos aguerridos marinos nórdicos se expandieron desde la zona
fría e inhóspita de la Península Escandinava hacia el este,
ocupando tierras continentales. Bordearon hacia el sur las costas
de Polonia, Alemania, Países Bajos, Bélgica, Francia, España y
penetraron en el Mediterráneo. Avanzaron por la bota itálica hasta
tocar Sicilia. Fueron a más en sus aventuras náuticas. Cruzaron
mares desconocidos y arribaron a las Islas Británicas,
Groenlandia y América del Norte.
Seguramente algunas de sus limitaciones no hicieron duraderas sus
conquistas.
Hagar, de algún modo, es un remedo, de lo que no pudo prevalecer
ante lo que se había acuñado en las regiones invadidas de la
Europa atlántica y mediterránea.
Este personaje es tan sueco, como noruego, dinamarqués o
finlandés. Ahora está a nuestras puertas, no para hacernos reir
con sus ocurrencias, sino porque después que sus connacionales
descubrieron la América del Sur, en el siglo XX, ya están ocupando
inmensas zonas de bosques y campos, desde Bahía -en el norte
continental- al sur, entrando a Uruguay.
Han elegido, en efecto, preferencialmente, Brasil, Uruguay y
Argentina para plantíos forestales e instalación de usinas
procesadoras de la pasta celulósica.
EL TRABAJO COMO NECESIDAD Y SEÑUELO
La ley uruguaya abrió de par en par las puertas a estos
emprendimientos, con un régimen de exoneraciones tributarias
generosas y facilidades de manga ancha, que llegan hasta el
otorgamiento de permisos para zonas francas.
Un gobierno primero, y sin interrupción todos los demás, han
acogido los proyectos de inversores nórdicos y españoles.
Los nuevos conquistadores de la región verde -que se levanta sobre
el Acuífero Guaraní-, adquirieron sin limitación alguna, miles de
hectáreas de bosques y áreas para sus monocultivos.
Para los gobernantes anteriores, como para los actuales, primó la
consideración de la creación de puestos de trabajo para tomar las
propuestas de estos capitales.
Lo demás, siendo crucial, fue casi secundario. El empleo atempera
el hambre, ilusiona sobre el futuro y, también, es rentable
electoralmente.
El porvenir no será halagüeño si pecamos de omisos a la hora de
definir dónde, cómo y con qué tecnologías deben instalarse quienes
obtendrán provecho de nuestros espacios productivos. O si,
aseguradas condiciones satisfactorias, luego resultamos
incompetentes para montar un dispositivo de contralor eficiente
sobre desechos industriales contaminantes.
Ni la mano flácida, tendida para tratar con poderosos
representantes empresariales, ni excesos de rigidez, serían buenos
para asegurar negocios viables.
Bajo condiciones muy precisas, pues, debían -deben- asegurarse las
relaciones entre los inversores, por un lado, y el Estado,
representado por los gobernantes, por el otro. Si estos fallan,
por la razón que sea, la perdedora será la República y sus hijos.
Será bueno recordar, asimismo (para que no se lo trague el olvido)
que, cuando unos trabajos nazcan -agolpándose en la etapa de obras
de montaje y las que le anteceden, para decrecer después-, muchos
otros se perderán.
Se invalidarán zonas agrícolas, ganaderas, pesqueras, apícolas,
turísticas, etc., por la presencia de los plantíos. Se degradarán
suelos, surgirán plagas en el bosque monocolor, el aire acusará la
presencia de sustancias en estado gaseoso y por los vertimientos
navegarán elementos característicos de la polución, aunque operen
algunas barreras. Mermará el agua superficial y subterránea. El
aire en el obrador y en la región ya no será más el mismo. Habrá
fuertes y desagradables olores. El impacto en la biodiversidad
será intenso.
Es cierto. Vendrán trabajos nuevos, en sustitución de los
existentes y de los potenciales, no desarrollados.
No es este un punto menor. Sobre el recae una polémica que tiene
que ver con opciones estratégicas: ¿procuramos un desarrollo con
garantías o nos estrechamos en uno condicionado, siendo meros
espectadores y suministradores de mano de obra?
Cabe decir que no podemos ser indiferentes a la afectación del
trabajo limpio y al cuidado de la naturaleza.
LA LIBERTAD DEL ZORRO EN EL GALLINERO
Para el oficialismo de ayer, como para el de hoy, las ventajas
superarán los inconvenientes, con resultados comparativos por
encima de perjuicios, que no se niegan.
En nombre del trabajo, por el pan y la familia, el país ha entrado
ansioso en una senda oscura y pedregosa.
Hay una libertad peligrosa, a tomar en cuenta: la del zorro en el
gallinero.
Si el gobierno actual -y los que le sigan- no tienen bien
agarrados los pantalones, los continuadores de Hagar embolsarán
los dividendos y los uruguayos miraremos en pocas décadas la luna
desde un inmenso cráter. Y estaremos peor que cuando empezamos.
Antes se decía “algo huele mal en Dinamarca”, para indicar
que desde lejos se percibía, como en el aire, el tufillo de la
descomposición.
Es de desear, por lo menos, que el hermoso “río de los pájaros
pintados”, el Río Uruguay, no pase a ser el sujeto de aquella
severa afirmación.
Hay más para considerar de este complejo asunto. Volveremos con
otras reflexiones. |