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CARTA PARA UNA AMIGA
Primero mataremos a todos los subversivos,
luego mataremos a sus colaboradores,
después a sus simpatizantes,
enseguida a aquellos que permanecen indiferentes
y, finalmente,
mataremos a los tímidos.
Gral. Ibérico Saint Jean.
Gobernador de la Provincia de Buenos Aires.
Mayo de 1877.
Una querida amiga montevideana, quien alimenta mis inquietudes
periodísticas y humanas, seleccionándome textos casi siempre
ejemplares, días atrás me cursó una bella carta.
Está escrita con un lenguaje sencillo y tierno. Por encima de
cualquier esbozo literario, late como un jirón de vida.
Es posible que muchos de mis lectores la conozcan. Me refiero a
los maduros, a quienes cruzaron los umbrales de las dictaduras en
este continente, las soportaron en su horror y retienen los
puñales clavados en sus pechos. Si, al menos, pudieron
sobrevivirlas.
Mafalda y sus amigos son pequeños personajes de la imaginación de
Quino. Cumplen la misión de desentrañarnos y mostrarnos en los
espejos, sin tapujos, tal cual somos.
No tengo más señales para indicar que solo lo que Miguelito pudo
manifestarle a Mafalda, en los días que se cumplían los 30 años
del golpe militar argentino, cuando la niña alcanzaba los 10.
Desconozco, asimismo, el origen de su materialidad.
Deseo, apenas, apuntar a la diáspora que evoca, al abanico de
situaciones y a la pluralidad de visiones que encierra, muy
abrazadas, prescindiendo de cualquier valoración puntual.
Lo hago como testigo de un tiempo de malignidad contra la tibieza
humana.
Querida Mafalda:
En este día tan especial me acordé de tu cumpleaños...
¡Cómo pasa el tiempo!
Nacimos en el corazón de un país que soñaba. ¡Cuántas utopías,
cuántos deseos de crecer, de mejorar las cosas!
Nos tocó convivir con un tiempo de hombres creativos: Luther King,
“Che” Guevara, Juan XXIII, John Kennedy. Nos transmitieron el
sentido de la justicia, el valor de los sentimientos, la
maravillosa aventura de pensar con la propia cabeza.
Ayer me preguntaba por nuestra amiga Libertad, aquella pequeñita
que un día encontraste en una playa, no me acuerdo si era Santa
Teresita o Mar del Tuyú. Me acuerdo cuando la presentaste a tus
padres.
Era vivaracha y quemadita por el sol de febrero.
¿Dónde vive Libertad? ¿Es verdad que la mataron en la dictadura?
Dicen que la torturaron y su cuerpo desapareció en el Río de la
Plata.
Me cuesta pensar que se murieron sus sueños. ¿Y si vive? ¿Estará
filosofando sobre la fragilidad de las cosas y el sentido de la
vida?
¿Qué fue de Susanita? ¿Se casó? ¿Pudo realizar su vocación de ser
madre?
La imagino viviendo en alguna ciudad de provincia, paseando del
brazo del marido (un hombre bajo y calvo) en una tarde de verano,
contenta con sus hijos y cuidando el primer nieto, realizada como
tantas mujeres.
Supe de Manolito, que perdió sus ahorros durante el corralito y no
soportó tanta crisis. Los últimos días lo vieron cabizbajo,
murmurando palabras incoherentes, abandonado como un mendigo en
una estación de trenes, triste y abatido como tantos.
Se que Felipe vive en La habana, que probó con el cine, que tiene
un taxi y que habla a los turistas de Fidel y de la revolución con
el mismo entusiasmo de cuando vivía en Buenos Aires.
A Guille, tu hermano, lo escuché tocar hace poco en la Scala de
Milán. Vive en Ginebra. Nunca se arrepiente de haber emigrado en
los últimos años de Alfonsín. Me contó que es feliz con su nueva
pareja.
Y vos, querida amiga ¿cómo estás?
¡Hace tanto tiempo que no tengo noticias tuyas!
Se por otros que seguís escuchando la radio, que lees los diarios
del mundo, que te duele el Irak como te dolía Vietnam, se que
trabajas para la FAO por los pueblos con hambre, que estás
indignada por la prepotencia de Bush.
Me llegó tu pedido para juntar medicinas para los Médicos Sin
Fronteras, se que siguen las reuniones en tu casa de París, que
estás confundida, inquieta y preocupada por el futuro del mundo...
En fin, Mafalda, se lo suficiente como para saber que seguís viva,
viva en el alma, niña como siempre.
De parte mía continuo escribiendo como de costumbre, renegando
porque me falta tiempo; creyendo, sin cambio, en el valor de la
sinceridad, perdiendo oportunidades por manifestar mis ideas.
Algunos días estoy triste y deprimido, pero puede todas las veces
más la alegría que la tristeza.
El mundo no mejoró mucho desde la época en que vivíamos juntos en
nuestra patria.
A veces, cuando miro el globo terráqueo encuentro tu mirada y
pienso en todos aquellos que lo miran como vos; en los ojos de los
que protestan, de los que no se conforman, de los que viven en la
atmósfera del optimismo y de la justicia.
Esos ojos, junto a los míos, te desean un buen día, querida amiga,
por otros cuarenta años tan intensos y jóvenes como los que has
vivido.
Un beso grande de tu amigo, que te quiere como siempre.
Miguelito.
Puede sentirse, como en la composición de Piazzolla-Trejo, que
los pájaros perdidos vuelven desde el más allá, confundiéndose con
un cielo que nunca más podremos recuperar.
Los 40 años de la eterna Mafalda, ya mujer y siempre niña, son un
tributo a la libertad contra el despotismo y una apuesta a un
mundo distinto y mejor si más justo. |