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LA
BÚSQUEDA QUE NO CESA
Escribe Walter Ernesto Celina
Algunos
hombres, no pocos, cultivan la infamia. La degradación marcha
oculta tras las máscaras. Ellos apuestan a que el tiempo borre las
huellas de sus actos, condenados por el juicio común de la gente y
no siempre recogidos por las leyes, tantas veces y, además, no
aplicadas a cabalidad por quienes deben velar por su más estricto
cumplimiento.
Estamos exactamente a un año de la asunción de un gobierno de
nuevo signo en Uruguay, cuyo titular Tabaré Vázquez, obtuvo
mayoría absoluta de votos en la primera vuelta electoral de fines
de octubre de 2004.
Un acuerdo del gobierno con los militares posibilitó que los
comandantes de las tres armas produjeran informes sobre el período
de vejámenes y muertes ocurridas en dictadura. Apenas y hasta
ahora, pudo conocerse “lo que todo Madrid sabía”, más la admisión
renuente de prácticas feroces y la posibilidad que un equipo de
antropología forense excavara en espacios militares y/o de
utilización militar.
Sin duda, para las familias de los detenidos desaparecidos
(algunos de cuyos huesos se han encontrado, limitadamente) ¡vaya
si tiene valor cada hallazgo!
Alcanza, por extensión, un enorme significado como afirmación de
la moral humanista del uruguayo medio y de su civilismo
democrático.
Y, a la inversa, la verificación histórica de hechos aberrantes
del pasado y la conducta de no exculpación pública de la injuria,
pesa -y continuará pesando como una lápida-, para sus autores
ideológicos y materiales.
La condena cae sobre los ejecutores de aquellas políticas: los
militares y los sectores partidarios y “cívicos” que las
ejecutaron, bajo la mirada aprobatoria de los adoctrinadores
imperiales.
¿Qué hará en el 2006 en esta materia el presidente Vázquez y la
fuerza política que lo respalda?
¿Cuáles son las ataduras que determinan los silencios de los
militares actuales con sus jefes del pasado?
Cuando “la solidaridad de cuerpo” del aparato castrense va más
allá de la ética profesional y no se asume el principio de la
verdad ¿a qué se quiere jugar? ¿A una democracia que agite los
fantasmas de otrora y coarte el mandato popular, repitiendo hechos
repugnantes?
El ex Comandante General del Ejército, Ángel Bertolotti, lo
insinuó sin ambages, levantándose contadas voces de rechazo, en un
acto de defección y mansedumbre política.
Obrando así, sabremos apenas parte de lo ocurrido. No es
procedente eternizar el ocultamiento.
Por esta circunstancia corresponde al presidente Tabaré Vázquez
que hable claro cuando haga el resumen de su trabajo y empeñe su
palabra ante la nación, en la presentación que ha de cumplirse en
estas horas.
Las Fuerzas Armadas como institución del país tienen una
obligación -entre otras muchas e importantes- y es la de
coadyuvar para que se conozca dónde fueron a parar los cuerpos de
los desaparecidos. No es una exigencia desorbitada. Es tiempo de
hacerla.
Bastará con indicar los lugares de los enterramientos y ofrecer
alguna indicación de los actos. No es pedir ni la pena de muerte,
ni la cadena perpetua, ni la condena de prisión por la comisión de
delitos.
Tampoco que nadie comparezca en público con el Presidente a dar un
“mea culpa”, ni que oficial alguno acompañe a los deudores por los
establecimientos o lugares donde deberían aparecer los huesos de
las víctimas.
Es hora de esperar el discurso presidencial y, tras el, actos
firmes por verdad y por democracia, sin claudicaciones. Con
nobleza republicana. |