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Los sucesos más relevantes de la región fronteriza, desde la óptica del interés público.

UN BOLICHE CENTENARIO

Los denominados boliches  tienen una fuerte tradición en  el Uruguay y no debe haber ciudadano que no conozca de cerca la historia de alguno de ellos.

El boliche es una versión  modesta del bar, que es un local con características definidas donde se expenden bebidas y hay mesas para juegos, especialmente de naipes.

Los boliches crecen con recato en los barrios,  siendo  un centro primario de sociabilidad, un sitio de encuentro de vecinos reunidos para  conversar con distensión, beber alguna copa  o participar de una partida de cartas, a veces, por una cantidad módica de dinero o por un convite  que significa  pagar una bebida al ganador.

El boliche de barrio tiene su propia intimidad. Pertenece a un género recreativo sin los oropeles del bar; ni de los cafés, luego incorporados ampliando los atributos originales de los expendios de bebidas.

Los boliches se transforman, se  modernizan o pasan a la historia como un momento transitorio, sin otra trascendencia.

Hay algunos que perduran  y se hacen famosos.

Hace algunos años conocí en el Prado de Montevideo uno muy singular. Ocupaba una finca de tipo colonial, sencilla y servía variedades  de caña y grapa, cruzadas con yuyos y frutas.

Se le conocía  en el barrio como el Boliche de los Yuyos.

Hasta allí venían parroquianos del barrio, animaban algunas mesas de truco y bebían una cañita con pitanga o arazá o una que otra grapa, cortada con miel o la clásica con limón.

Este boliche no creció como un bar o un café. Permaneció en su añejo local, de ladrillos a la vista, en un espacio más bien  reducido. Pero se  mantuvo en pie como esas especies de árboles que desafían  al tiempo.

Hoy el boliche ha cumplido cien  años y en sus estantes hay más de cincuenta tipos de cañas y grapas con antiguas fórmulas que alegran el paladar de los consumidores.

Algo ha cambiado: ya no es el clásico boliche de barrio. Se abrió a la fama y llegan a su dirección de Av. Luis Alberto de Herrera y Mataojo catadores y curiosos de todas partes.

Es posible que nuevos boliches estén tejiendo historias muy propias, creciendo con el murmullo de los vecinos para ser contadas                                por los chiquilines que miran desde afuera, tal vez con  la ñata contra el vidrio, como dijera Discepolín.

Walter Celina - Diciembre de 2006  waltercelina1@hotmail.com


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