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Los sucesos más relevantes de la región fronteriza, desde la óptica del interés público.

REVUELO EN EL SENADO

En el Parlamento Uruguayo las secretarías no son ejercidas por los legisladores, como en otros países. Estos cargos son ocupados por funcionarios, de carrera o políticos.

Cuando llegado al medio siglo pasado la Cámara de Representantes modernizó su Reglamento Interno dispuso, con buen criterio, que sus secretarios fueran conocedores de la función legislativa, como de los servicios del órgano. Optó no por improvisar y escogió que fueran funcionarios de carrera.

Sin embargo, inmediatamente a la reintitucionalización democrática de 1985, en Diputados, por disposición presupuestal comenzó a escogerse para los dos cargos de secretaría -y para las prosecretarías- personal político. Y, lo que pudo ser de aplicación transitoria, se convirtió en norma. Y así se ha venido rodando hasta hoy.

Las secretarías camerales manejan, con los presidentes que rotan anualmente -salvo el caso del Senado que está encabezado por el Vicepresidente de la República por toda la legislatura-, las relaciones con los Poderes Ejecutivo y Judicial, órganos autonómicos, entidades descentralizadas, los intercambios de las mismas cámaras, etc. Tareas de especial delicadeza. Sus titulares deben poseer solvencia en áreas del derecho constitucional, administrativo, reglamentario y de otras ramas; experiencia ganada y vocación para operar sintiendo la responsabilidad enaltecedora de trabajar para el poder más representativo de la soberanía nacional.

Las secretarías de la Cámara de Diputados, como la del Senado, deben coordinar con extremo cuidado el funcionamiento de las comisiones permanentes, especiales e investigadoras, en las que se registra el principio de proporcionalidad para su integración. Ellas están asistidas por funcionarios -secretarios, también-, que algunas veces se han escogido por colores partidarios, aunque entendieran poco y nada y les importara menos lo que tenían entre manos.

Estas comisiones auxiliares tienen que estar organizadas escrupulosamente. Por lo regular los presidentes conducen los debates y audiencias. El acumulo de antecedentes, los informes, los proyectos y sus ajustes -la mayoría de las veces- corren por cuenta de estos otros secretarios. Qué sean seleccionados de modo objetivo, bajo el principio de la carrera funcional y de la regla que impone que estén “al servicio de la nación y no de una fracción política”, seguramente, debe ser lo mejor. Aunque no se haga siempre.

Si los miembros han de moverse al compás de la cabeza y secretarios y prosecretarios se designan “a piacere” o a “dedo”, lo que se sacrifica es la eficiencia en homenaje a la acomodación de “correligionarios y amigos”. Se hace para que prevalezcan áreas de influencia y control, se hegemonicen funciones. Los concursos abiertos y cerrados, tradicionalmente no han tenido cabida en el Poder Legislativo, con la honrosa excepción del cuerpo de taquígrafos. Desde luego, ha habido funcionarios políticos talentosos, quienes han procurado lo mejor para el servicio. Otros que, por encima de la forma en  que han accedido a su cargo, elevan la función.

Las excepciones a la regla sólo pueden confirmarla. Y esto ha costado entenderlo.

Estas anotaciones servirán para apreciar un episodio reciente, ocurrido en el Senado. Esta cámara dedicó medio tiempo de una sesión a debatir un hecho particularísimo, no registrado nunca.

Un suplente de senador, con la habilitación vencida para subrogar al titular, por dos veces compareció a una comisión permanente actuando como legislador, sin serlo. Nadie advirtió la circunstancia, porque el contralor y chequeo de la asistencia no lo hizo la secretaría de la comisión, ni la secretaría de comisiones -si es que aún existe-, ni nadie de la secretaría central de la cámara.

Denunciado el episodio como una alteración de las reglas de funcionamiento del Senado, su presidente, Rodolfo Nin Novoa, fue convocado a brindar una explicación. No pudo negar el hecho, trató de bajar decibeles y prometió algo: “Se corregirá”. Una especie de “téngase presente” o “a sus antecedentes”.

Si esto fuera así, o con más precisión, si va a ser así, existe la posibilidad racional que los cargos de secretarios se concursen, en forma abierta o cerrada. Que no sean más un premio por favores partidarios.

¿Será suficiente la mayoría absoluta del Senado, más los votos de la oposición, para que el Poder Legislativo en sus dos cámaras se autovalore y a la vez honre el voto ciudadano, nombrando funcionarios seleccionados por versación administrativa y competencia?

Walter Celina - Agosto de 2005  waltercelina@hotmail.com


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