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EL SECRETARIO PRESIDENCIAL
El cargo de Secretario de la Presidencia es uno de los empleos
de máxima confianza que discierne quien conduce al Poder
Ejecutivo.
Al que le corresponda esta función, independientemente del
momento en que deba hacerlo, tendrá una ubicación privilegiada en
el ámbito de gobierno. No sólo será la mano derecha del primer
mandatario, sino que estará ubicado en una posición clave del
territorio gubernamental.
Tales circunstancias ameritarían que su nombramiento estuviera
sujeto a exigencias especiales, aseguradoras de una regulación
mínima. Esta previsión no obsta a la discrecionalidad que la
Constitución le atribuye al Presidente, tanto para designar,
cuanto para remover al funcionario (Art. 168/26. Const. Nal.).
Lamentablemente, la normativa no existe. Y ello ha venido a
ponerse de manifiesto en la flamante designación. No es un tema
menor, de esos que pueda dejarse escapar sin algunos comentarios.
Ante la todavía fresca interpelación pública, lanzada desde el
Partido Nacional, el novel secretario, Dr. Gonzalo Fernández,
quitó relevancia al cuestionamiento de que fuera objeto para
desempeñarse como un agente visible del Poder Ejecutivo y, a la
vez, mantener sus funciones profesionales de abogado activo.
Sostuvo algo así como que el planteo podía ser un tiro por
elevación contra el Presidente, que es un oncólogo especialista y
ejerce labores en ámbito académico, en instituciones de salud y,
según se le atribuyó en algún período, en empresas de servicios
del ramo.
Este punto no está en discusión, aunque el Dr. Fernández tiene
derecho a pensar que de esto se trata.
Tampoco entran en debate las incompatibilidades a que están
sujetos los legisladores cuando son profesionales, ni las
prácticas en que se ha denunciado habrían estado incursos algunos
parlamentarios.
No es de recibo decir, asimismo, que los asuntos que pueda
personalmente tramitar el Dr. Fernández en causas penales
-agregaría también en las laborales en que ha servido al Dr.
Vázquez- puedan ser mínimas, debido a sus nuevas e intensas
ocupaciones políticas.
No se trata de la cantidad de bultos que menea
profesionalmente.
De fondo la cosa refiere al campo de la praxis del derecho, a
los vínculos con la ética y a los de esta con la política. En este
perfil aparece el pundonor que jerarquiza los estilos de la acción
política.
Del buen cuidado de estos aspectos se enaltece la actividad
republicana al servicio de la sociedad.
El país conoció los tiempos de la llamada “influencia
directriz”, ejercitada desde las esferas del poder en beneficio de
allegados, amigos, correligionarios y, aún, en causa propia.
A la situación hace el viejo aforismo que señala que “Que al
igual que el César, su mujer no sólo debe serlo, sino parecerlo”.
Desde la presidencia se daría una impresión reñida con la
sensibilidad uruguaya si se consintiera que este secretario está
de manos libres para comparecer ante otros poderes y organismos,
accionando a favor o en contra de determinadas causas como gestor
directo, en su condición de abogado.
Por un instante imaginemos a un personaje ejecutivo de este
rango yendo y viniendo -por ejemplo- por los tribunales de
justicia; ingresando a ámbitos sujetos a subordinación
administrativa procurando informes o medidas; repartiendo
sonrisas; gesticulando, manifestando desagrados; recibiendo
pedidos, súplicas y, aún, reproches. O tan sólo, empleando el
teléfono para menesteres de su actividad profesional.
El chirrido no sólo abrumaría los oídos. Sería de una
desprolijidad manifiesta.
El Dr. Gonzalo Fernández seguramente ha pensado que el poder
que concentra, como personero del Presidente, es un elemento de
inevitable y casi irresistible fuerza ante quien deba atender
desde un simple reclamo a una exigencia mayor.
Cae por su peso -no por lo que establezca la legislación, sino
por la delicadeza que supone el ejercicio de su cargo- que ya
tendría que haber deducido abstenerse como impulsor de asuntos
profesionales desde la posición que ocupa.
Sorprendería que, en pugna con las nociones de ética
republicana antedichas, insistiera en lo que sostuvo en la
televisión y no se rectificara.
No sería buen comienzo. Ni para él, ni para el Presidente. Ni
para el país, que somos todos. |