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LA
RENUNCIA DE CHIFFLET
No es habitual en la vida del parlamento uruguayo que una
diferencia de opinión sobre un tema, por más importante que sea,
conlleve a la renuncia, sin vuelta, al cargo legislativo con que
la ciudadanía honra a quien ha resultado electo.
El llamado mandato imperativo determina que, lo dispuesto en el
partido o en el supra partido de fuerzas coaligadas, se cumpla,
independientemente de la opinión que puedan tener los sectores o
personas que quedan en minoría luego de instancias exhaustivas de
debate.
Desconozco cómo se procesó dentro del Frente Amplio el debate
sobre el envío de más tropas a Haití y si el Poder Ejecutivo obró
por sí y ante sí o, si, previamente, trató el punto en la
instancia política interna, en cualquiera de sus ámbitos.
No cabe la menor duda que el Representante Guillermo Chifflet
estaba persuadido que no debía alzar su mano, hubiera habido o no
una discusión en forma de la cuestión.
La posición de su correligionario, el Presidente Vázquez, las
recomendaciones de su partido y la del Frente Amplio no lo
hesitaron. Consideraba que aprobar la salida del contingente
armado nacional era cohonestar acciones intervencionistas de Bush,
no importa si, luego el Consejo de Seguridad de la ONU purificó,
dio el visto bueno y legalizó lo que unilateralmente había
dispuesto la gran potencia.
La ampliación del contingente armado y la entrada en un escenario
de guerra, iba más allá de una asistencia para la paz. El asunto,
no era sólo un cuello de botella por el que debía pasar un
diputado. Era una prueba para el macizo grupo legislativo y para
los miembros del Consejo de Ministros. Si no para todos, al menos
para los hombres de izquierda que más historia crítica acumulan
hacia el país centro del poder mundial.
Es cierto. La mayoría de las misiones armadas al exterior han
sido de “paz”. Los soldados las aceptan como una forma de mejora
de sus ingresos. Las fuerzas armadas como parte de ejercicios pre-bélicos,
que dan experiencia a sus hombres. Todo, bajo el encuadre de
nociones de seguridad colectiva, herederas de las políticas de
seguridad nacional, ahora en tiempos de centros hegemónicos
afines, con los mismos aparatos y algunos cambios de rótulo.
En cinco minutos el diputado disidente debía condensar sus
argumentos y, apenas si pudo hacerlo, por cuanto tuvo, además,
que fundamentar su renuncia a la banca. Sostuvo que el Presidente
Aristide fue secuestrado por los famosos “marines” y obligado a
dimitir y que, posteriormente, el honorable Consejo de Seguridad
de la ONU, accedió al envío de una misión militar, a la que
Uruguay se enroló (como lo habían dispuesto Brasil y Argentina,
por ejemplo).
Recordó, citando al fallecido Diputado Uruguay Brum Canet
Cisneros -con cuya amistad me honré desde una común idealidad
juvenil-, que no hacía muchos meses éste había sostenido que la
palabra soberanía se estaba devaluando en la sensibilidad del
país. Más adelante, pasó a indicar que el Prof. Dr. Gross Espiell
ya había indicado el carácter de los sucesos: “golpe de estado
con intervención extranjera”.
En los aciagos cinco minutos vividos por Guillermo Chifflet, la
presidenta de la reunión intimó por dos veces al orador a
“redondear su pensamiento”.
Vale entonces recordar este diálogo final:
- Diputado Chifflet: “…permítame un minuto porque es la última
vez que hablo en Cámara. Yo acepto por cierto, y soy partidario
del mandato imperativo, pero para cumplir con los compañeros me
retiro ahora, no voto, pero renuncio a la Cámara. Re-nun-cio.
- Presidenta Nora Castro: se suspende por un momento la sesión de
la Cámara.
- Diputado Guillermo Chifflet: Una última frase, permítame. Quiero
estar de acuerdo en respetar la voluntad de la mayoría, pero
quiero estar también tranquilo con mi conciencia. Gracias”.
Como tantos ciudadanos, Chifflet tiene una historia prolongada y
recta en la izquierda. Su vida aparece ligada al periodismo
socialista y corrientes afines. Vivió algunos años en el exilio.
Su partido lo promovió a legislador en 1989, siendo reelecto en
forma sucesiva.
Su disconformidad con los sectores que sostenían la participación
armada de Uruguay en Haití se precipitó hacia un punto crítico.
Pudo haber solicitado una licencia para sortear la horca caudina;
pudo haber “votado con los pies”, saliendo de sala y permaneciendo
en su despacho; pudo haber aducido un malestar temporario,
retirándose de la Cámara. Nada de esto hizo. No disimuló una
frontal diferencia con sus colegas y, aún respetándolos por ser
mayoría, hizo lo único que le quedaba: renunciar. Y se fue para la
casa.
La jubilación será el cierre de su carrera legislativa, han dicho
colegas. En opinión de algunos frenteamplistas que he escuchado,
debió retener el cargo y desafiar la interna, que no valoró su
historia y no le dejó alternativa. Casi ni pudo fundamentar su
decisión.
Un diputado del “emepepé” dijo, después de votar que, aún
disconforme hubiera sufragado con la mayoría, dimitiendo
inmediatamente después. Pero no lo hizo, lo que quiere decir que
votó sin repugnancia alguna. Por supuesto ¡no renunció! Hablaba en
el terreno de las hipótesis, como para las tribunas.
Guillermo Chifflet sostuvo que no contradeciría a sus compañeros,
ubicados en sus antípodas. Por los menos, hasta el momento en que
daba el portazo, no apostrofó contra su partido, ni contra el
Frente Amplio.
Es predecible que este caballero de la política baje al llano para
embeber su pluma en la tinta de la lucha por ideas. Contra los que
practican la “realpolitik” y a favor de la soberanía, la palabra
que mi viejo amigo Canet quería preservar con todo su espléndido
brillo. |