|
CUANDO LA PIZZA ES OTRA COSA
 |
Un asunto se vuelve pizza cuando la expectativa despertada
para su resolución se diluye, al punto de no pasar nada y
decepcionar a los más.
Es cuando la masa de harina, levadura, agua, aceite, sal,
salsa de tomate, con agregados de queso o aceitunas, no
levanta y sale de horno como una pasta gomosa. |
Se trata de una situación insuperable, que no corrobora la
excelencia del tradicional plato italiano.
Esta definición, por la negativa, se aplica a situaciones de hecho
y a ella apelan nuestros amigos brasileños por estos días,
generando polémica con la colectividad italiana y con sus
descendientes, entre los que me encuentro.
El asunto no es por las prácticas denunciadas contra la dirigencia
del Partido de los Trabajadores (PT) y otros lemas, relacionados
en la cohabitación del gobierno Lula. Tampoco contra resonantes
compras de votos legislativos en la actual administración o en las
pasadas. Ni por oposición a las comisiones investigadoras
parlamentarias (CPIs) de las mensualidades (mensalão), de
las casas de apuestas (bingos), del instituto postal (correios),
ni de otros apéndices vermiculares (inflamados pero no extirpados,
cuyas fichas obran en la Comisión de Ética de Diputados, en la
Fiscalía de la Cámara, en la Fiscalía General de la República y en
la Policía Federal y puedan iniciarse con los nombres de los
Diputados Roberto Jefferson, Severino Cavalcanti (1) y
continúen con -al menos- 17 legisladores más, a los que cabría
agregar a los que apresuraron sus renuncias y apuraron jugosas
jubilaciones).
La cuestión es bastante más silvestre, si a este término le
asignamos la cualidad de cosa sencilla, en particular por
oposición a estas nuevas y monumentales pirámides de papel
-guardadas en el Congreso y fuera de él- con muchos de los
secretos de cómo la corrupción infecta a nuestras sociedades y
sistemas políticos en el siglo XXI.
Mucho más simple, todavía, porque lo que aquí ha pasado a llamarse
“asunto pizza” no es otra cosa que una frustración política, un
pegote fenomenal, que en nada se parece a la auténtica pizza
italiana. A las pizzas que cocinaron nuestros mayores y de la que
no abominan los que por millones las degustan en cualquier parte
del mundo. Desde nuestras latitudes sudamericanas (se trate de
comensales brasileros, uruguayos o argentinos) a chinos o
norteamericanos.
La riqueza del lenguaje popular hace que nos entendamos siempre y
que bauticemos las situaciones como se van dando.
Cierto también es que nos identificamos con quienes aquí, un poco
más allá o muy lejos de nosotros, están opuestos de verdad a los
procedimientos espurios.
Se entiende perfectamente que un plato fácil -si se trata de manos
experientes- pueda devenir en un bocado incomible, por efecto de
quien trabaje mal los ingredientes.
¿Y qué hace en política que una masa sea intragable? Por ejemplo:
que el discurso electoral no se acompase con los actos de
gobierno; o que el discurso y los actos sean contrarios al interés
público o, que lo que es contrario al interés popular (al “demos”)
se presente como plausible.
Sin duda, Rafael Expósito, el célebre napolitano creador de la
pizza, no habría aceptado que nosotros opináramos sobre hechos
políticos desgraciados, utilizando el nombre de su creación para
calificar situaciones desdorosas.
Menos todavía cuando, en reconocimiento a las virtudes de su
plato, fue llamado por el rey Umberto I de Italia y su esposa,
Margarita, para presentar en la residencia de Capodimonte un pan
humeante, colorido y sabroso, que el honró con el rojo, verde y
blanco de la bandera itálica.
Al final los italianos y los italiano-descendientes no deberíamos
acongojarnos. El uso político que los brasileños están dando a la
palabra pizza no es un mal mayor. Es de sospechar que no afectará
en lo más mínimo una tradición de nombradía, ni alterará los
apetitos a la hora de disfrutar del sabor de una porción de una
amistosa comida.
Estaremos sí más prevenidos, políticamente hablando. Cuando un
asunto se haga pizza sabremos que más delitos de corrupción se
habrán cometido y que, tal vez, algunos de sus autores se
mantendrán impunes. Quizás, entonces, nos convirtamos en
ciudadanos menos ingenuos, más vigilantes y exigentes.
Otra reflexión es posible. Así como se ha dicho que el papel es el
elemento más fuerte, ya que es capaz de resistir cualquier cosa
que alguien pueda estampar en él, el idioma no es menos: siempre
es capaz de sorprendernos con nuevos giros y figuras retóricas.
Queda demostrado que esto no es pizza...
(1): El primero sancionado con la pérdida del mandato. El segundo,
Presidente de la Cámara, se desliza por el mismo despeñadero. |