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PANCARTAS Y DESNUDOS
El hombre
salió un día de las cavernas apenas cubierto por su pelambre. Al
tiempo que fue perdiendo los pelos, cultivó sus mañas.
Un día de
esos encontró que los modos de cubrirse podían evolucionar y fundó
la industria de la vestimenta.
Las primeras
nociones morales que fue construyendo nada decían sobre si el
cuerpo debía ser preservado y cómo.
Otro día
supo que vestirse no era sólo un hábito saludable, sino además,
una forma expresa de no exhibición descarnada de algunos de los
atributos distintivos de la feminidad o la masculinidad.
Lo cierto es
que, más allá de los climas gélidos o achicharrantes, nos hemos
tapado de pies a cabeza, despiertos o dormidos, quietos o en
movimiento, vivos o muertos.
Los tiempos
cambian. Los de antes y los de ahora. Con ellos las convenciones
sociales y los tabúes, que se aligeran, vuelan y se extinguen. De
este modo, las leyes penales -que resguardan al pudor como las
telas al cuerpo- son desafiadas. Nadie queda entre rejas por la
modalidad del llamado exhibicionismo grupal. Aunque podamos
recordar que las reglas fueron creadas para tutelar determinadas
creencias y mantener, sin fisura posible, la moral imperante,
supuestamente aceptada y, en último término, oficializada.
Y voy ahora
al asunto. Cientos de personas han sido fotografiadas desnudas en
Europa y en algunas de las grandes ciudades sureñas. Ocuparon
solemnemente espacios públicos y se dispersaron en perfecto orden.
En España,
país de fuerte raíz católica, hace poco los nudistas
reivindicaron el cese de las corridas de toros. Procuraban evitar
la hostilización y muerte de las bestias en desbandes callejeros y
plazas de toreo.
Reacción
tardía, opinarán algunos. Más plausible, para quienes apoyados en
la humanística interpretan que los individuos deberían cultivar
sentimientos que los alejen de prácticas innecesarias, sean
bestializantes o martirizantes.
En los
albores del siglo XX, José Batlle y Ordóñez, se anticipó a estas
campañas, al promover la legislación uruguaya contra las “fiestas”
de toros, riñas de gallos y otros entretenimientos públicos
inspirados en el cultivo de sacrificios.
Batlle, El
Viejo, que en sus escritos periodísticos juveniles ironizara sobre
pasajes de la Biblia por considerarlos absurdos o contradictorios,
se anticipó a los hispanos en una centuria, con una concepción
moral diversa a la prevaleciente. Nuevas ideas.
Ni él se
desvistió, ni convocó a sus compatriotas a que fueran desprovistos
de ropas a la Plaza Constitución (o Matriz) para que el Parlamento
-desde el edificio del Cabildo- aprobara normas de protección a
los animales.
Los tiempos
cambian y no siempre mejoran. Desafiando creencias, son más los
que se desnudan orgullosamente y hasta con rabia. Lo hacen para
poner el acento en defensa de los animales y salvarlos del
comercio agresivo.
La ONG “Ánima
Naturalis” llegó a la Plaza de Cagancha, en el centro de
Montevideo, con un núcleo de sus militantes, de ambos sexos,
libres de ropas, en un día polar.
Por año se
matan 40 millones de animales por sus pieles. Son zorros, nutrias,
visones, chinchillas. Se les electrocuta, gasea o inyecta. Muchos
son despellejados vivos.
Una mujer,
disfrazada con cabeza de animal extraño, portaba un cartel: “No
desvistas una zorra para vestir a otra”.
No aludía a
situaciones tan particulares como la de aquella ministra del
ex-presidente argentino Menem, quien asistía a algunas fiestas
cubriendo en directo su piel con un monumental tapado de visón…
La denuncia de la ONG enciende una alarma global.
Aunque
fueran peludos, los primitivos no se escandalizaron de sus
atributos corporales. Una parte de la civilización actual acepta
el desnudo bajo la óptica de una moral con censura. Quebrar la
norma trae por consecuencia -en muchas cabezas- escándalo. Ello
genera una onda espectacular. Se trata, pues, de ganar espacio
para la demanda y en eso están quienes exponen el calor de sus
redondeces, animando los días con temperaturas bajas.
La cuestión
prometería otro tono si, por ejemplo, miembros del Congreso
Brasileño salieran a las calles, en riguroso traje de Adán, para
exigir sus mensualidades interrumpidas (mensalão), acuciando más
al presidente L.I. Lula da Silva.
O si los
piqueteros argentinos se decidieran a boicotear las políticas de
empleo del Presidente Kirchner, llegando a la Plaza de Mayo en
estado natural. O, bien si en Uruguay los médicos dejaran sus
túnicas y, en un reclamo pasivo ante Presidente Tabaré Vázquez y
su ministra de sanidad Julia Muñoz -ambos galenos-, pasaran a
reclamar los aumentos salariales que les llegan, en ropas menores.
O -lisa y llanamente- como los conservacionistas de “Ánima
Naturalis”. Desnuditos, como llegaron al mundo. |