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MASONES ENTRE NOSOTROS
LIBERTICIDAS Y DEMOCRÁTICOS
El dictador uruguayo Dr. Gabriel Terra perteneció a la masonería
y, para no ser menos, el Gral. Gregorio Álvarez, miembro de la
cofradía, atacó la Constitución, se erigió en rey usurpador y
escarneció los derechos humanos.
Como se ve, la institución en Uruguay reitera su muestra de
indiferencia ante una cuestión cardinal, que hace a la vigencia de
la libertad en su sentido más amplio.
¿Significa la afirmación que todos los masones hayan tenido una
actitud de complicidad con ambas dictaduras?
Decididamente no, por lo que modestamente conozco.
Masones hubo en el fallido levantamiento armado de Paso Morlán.
También existieron los que se opusieron al régimen militar del que
Álvarez fuera conspicua figura.
El aflojamiento de las nociones republicanas militantes
-infundidas por el liberalismo político en escenarios como el
uruguayo y, el acomodamiento de muchos de los miembros de la
masonería y sectores partidarios al liberalismo económico, ya en
vísperas del fenómeno de la globalización-, resintieron el perfil
que caracterizara algunos momentos de la institución.
REPUBLICANOS Y MUSOLINIANOS
Hacia los años 40, en el curso de la II Guerra Mundial, la
relación de la Iglesia Católica con Mussolini fue cuestionada por
la masonería. En 1929 se había firmado el Pacto de Letrán,
mediante el cual el dictador aseguró los derechos territoriales e
indemnizaciones al Vaticano, poniendo punto final a un conflicto
que se arrastraba desde los años de la unificación italiana,
gesta propiciada por fuerzas liberales, apuntaladas por logias
civiles y militares.
La partida de soldados fascistas a la conquista del África y
algunas bendiciones de apoyo recibidas de prelados, levantó
críticas de republicanos democráticos de Europa y América.
Un coletazo de lo que sucedía en el escenario internacional se
vivió en Mercedes, Soriano, cuando un grupo de personas realizó
una asonada contra la sede céntrica de la cofradía. Conocí a un
estudiante católico que participó de los hechos, años después
cuando comencé a cumplir tareas de procuración en su estudio de
Montevideo. Se trataba del Dr. A. F. C., asociado entonces al
catedrático y político de izquierda Dr. H. S.
El franquismo, apuntalado por el catolicismo español, puso fuera
de la ley a masones y comunistas en España, en 1940, aunque la
persecución ideológica y política se había iniciado antes.
MASONES AMIGOS
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Personalidad civil del gobierno uruguayo intercambia su saludo
con uno de los comandantes de las Fuerzas Armadas.
Confirmándose los vínculos masónicos entre jerarcas de
servicios -lo que fuera señalado en la prensa-, se verifica
que el civil extiende su dedo índice, pulsando la parte
posterior de la muñeca del militar. Se trata de una reverencia
entre pares o cofrades. |
Los simbolizados por el triángulo acentuaron sus prédicas
republicanas y las prácticas a favor del laicismo. El Dr.
Francisco Araúcho, con cuya amistad me honré, escribió la obra
“Laicimanismo – Laicismo Humanista contra Dogmatismo Religioso”.
Esa orientación la reflejó en Mercedes el Dr. A. A., miembro de la
entidad, actuando como promotor de la Escuela Pública Vareliana
por oposición a la no gratuita y confesional.
Compartiendo estudios iniciales de derecho con el mercedario A. R.
accedí a la siempre escasa literatura masónica. Los esclarecedores
conocimientos de historia universal que venía de adquirir en los
magníficos textos de Secco Ellauri & Baridón y los posteriores,
más detallados, estampados en los libros del Dr. Evangelio Bonilla
-entrañable profesor universitario de Derecho Romano-,
proporcionaban una base importante para entender lo que era la
masonería, aquello que para algunos no pasaba de ser una palabra
rara.
El secreto no me espantaba. Con los estudiantes de mi época nos
habíamos asomado al balcón de los sucesos independentistas
rioplatenses y apreciábamos el significado libertario de las
logias “Lautaro” y de los “Caballeros Orientales”. Y aquel número
“33”, de los comandados por Lavalleja, para dar pie a la Cruzada
Libertadora, que llenó de bravura la Banda Oriental. Sin embargo,
por su cercanía temporal, serían los “maquís” y los “partisanos”
quienes transmitían la relevancia del secreto para combatir a los
opresores.
Más aún, desde un pedazo del cielo de Mercedes, siendo chiquilines
y junto a nuestros padres, con aquel muchacho y otros, nos
habíamos familiarizado con las melodías y cantos de “La
Marsellesa” y “La Internacional”, viviendo demostraciones
callejeras contra el nazismo y por la paz.
¿Cómo olvidar a aquel comerciante de prosapia italiana, que en su
juventud fuera iniciador del teatro nacional con Brussa, quien me
recibía con una sonrisa amiga en su negocio, siendo el líder del
grupo masón local? Era algo distinto y agregado a la vecindad y al
conocimiento de las familias.
Practicaba H. R. B. una solidaridad de mano abierta, carteando a
sus amigos ubicados en el gobierno para ayudar a quienes
precisaban solucionar algún problema personal o grupal. El me
presentó al grado 33 de la organización, Gral. A. R. L. Y nunca
intentó ultrapasar mis convicciones filosóficas ateas para
convertirme a su credo.
UN MASÓN ANTICLERICAL
De aquella masonería a la de hoy, sin duda, hay un trecho.
Confieso que, inicialmente, varios de sus atributos despertaban
mi interés. Tal vez, cargados con algún episodio que se me hizo
muy disfrutable en plena niñez. Los desafíos provocadores pueden,
en efecto, generar algún grado de incitación.
Alrededor de 1940 un tío de mi padre, E. E. M., accedió al cargo
de Receptor de la Aduana Portuaria. Su esposa era católica
militante. Él, un apuesto masón, anticlerical total. En las
conversaciones de entrecasa le prevenía repetidamente a su mujer:
“Si muero, no me vayas a traer a los “cuervos” (aludiendo a
la indumentaria de los sacerdotes). Mirá que si eso pasa,
temblará el mundo”.
Aquella noche, después de cenar en su domicilio, el receptor salió
a visitar a dos hermanas amigas, que vivían en una casa de la
arbolada vía Dr. Manuel Ferrería. Horas después, estaba muerto
frente a la vivienda, a la sombra densa de uno de aquellos
plátanos.
Viuda e hijos pusieron avisos necrológicos precedidos por la cruz
cristiana invitando para el velatorio. Un clérigo dictó su oficio
en el domicilio. Por la tarde, próximo a la partida del cortejo,
el cielo adquirió una tonalidad de azul-eléctrico. La tengo muy
presente.
El séquito avanzó por la antigua calle Florida, traspuso Artigas
bajo el tañido lúgubre de las campanas del templo y enfiló hacia
el oeste, al fondo. Recuerdo que la tormenta y la oscuridad
tapaban todo cuando el carruaje, con volados negros, llegó a la
necrópolis. El espectáculo natural erizaba.
Se me había enseñado cuál era la causalidad de un fenómeno como
ese. Nunca creí que las imprecaciones del tío de mi padre tuvieran
poder alguno. Me satisfizo sí que aquel extraño acontecimiento
atmosférico se diera, como para mostrarle a la esposa del masón
muerto, de modo tan patente, la falta de respeto que se había
tenido a su mandato.
Recordar el episodio me produjo muchísima gracia a través del
tiempo, sin por ello dejar de respetar la seriedad que para un
creyente tiene su convicción.
Los masones, como se advierte, existen y están entre nosotros.
Muy discretamente. |