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MADRE, UN NOMBRE SIN OLVIDO
En el Río
de la Plata los poetas ensalzaron en sus canciones el nombre
madre. Lo hicieron para reverenciarlo, después de recorrer muchos
caminos. Tal vez, en la vuelta al hogar o en momentos de
desventura, cuando el dolor aprieta.
En las
sencillas historias tejidas por artesanos de la pluma y músicas
entonadas en cafés y bulines de bohemia, hay instantáneas de
nuestra sociedad y, en lo más íntimo, encerrados los latidos de
nuestros pueblos. Los registros discográficos avivan voces
cristalinas. Ellas elevaron aquellas creaciones para que brillaran
desde el firmamento.
Esta
anotación introductoria guarda relación con la celebración, en las
horas que corren, del Día de la Madre.
La
elección de la fecha por los especialistas del marketing converge
hacia la potenciación de las ventas, con la total seguridad del
éxito.
Más allá
del aspecto comercial, es posible encuadrar esta festividad con
algunos de sus remotísimos antecedentes.
Representaciones del hombre de la antigüedad dan noticia de los
ritos de la fertilidad, así como de la asociación de éstos a las
figuras femeninas, estimándose que estas prácticas pudieron haber
comenzado hace unos cincuenta mil años, estando ya muy definidos
desde los quince mil anteriores a la era actual.
La
adoración y el festejo de la fertilidad pasó a tener fechas y
dioses(as). Con el encumbramiento de la fecundidad, la mujer
adquiere un notable relieve en la vida primitiva. Ello se traduce
en piezas toscas de arte, como en representaciones pictóricas.
Durante
la civilización cretense -que antecediera a la tan proficua de los
griegos- hay un predominio de las diosas sobre los modelos
religiosos masculinos.
El papel
de lo femenino aparece ligado al surgimiento de la vida y no está
exento de un carácter sagrado. Con el paso de los siglos se
operaría la reducción del papel de la mujer y su sometimiento al
hombre. La sociedad contemporánea revaloriza su rol, exaltado en
las demandas propugnadas por el movimiento feminista.
La
ciencia pediátrica advirtió la relevancia social del binomio
madre-hijo. Es a partir de sus conclusiones que se reexamina la
organización de la familia, concluyéndose que es uno de los
reservorios más funcionales para una sociedad armónica.
El nexo
biológico madre-hijo es una fuente primordial de la afectividad
humana, uno de los factores potenciadotes de la personalidad de
los sujetos.
¿Qué
mujer reniega del amor a sus hijos? ¿Qué hijo abdica del amor a su
madre?
Las
madres son piezas esenciales, por general, en el desarrollo de la
afectividad, en el cultivo de los sentimientos y la cimentación de
la educación. Lo hacen con absoluta autenticidad y con una fuerza
que viene con la imantación de los actos procreativos, una
cualidad portentosa de la vida animal.
Todo esto
supone que hombres y mujeres enaltezcan el nombre de su
progenitora y guarden hacia ella la oferta de su amor.
Así, la
literatura, la poesía, la música y las artes, en general, se han
poblado, con figuras tan diversas como diamantinas.
Las
madres están presentes siempre. Desde el fondo de la historia del
hombre caminan junto a nosotros, bajo todos los cielos y desde
todas las tierras. No existe diferenciación ni por color de piel,
ni por idioma, clase social, cultura u otra variante.
Por eso,
el nombre madre es fuerte e imperecedero. El suceso de mercado,
aunque importe, siempre será accesorio. El vigor de esta palabra
sin olvido radica en su esencia.
Idea
justamente rescatada por la canción popular rioplatense, al
subrayar que “madre hay una sola” e indicar que “a ese amor hay
que volver”, como suprema enseñanza de la vida. |