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LA
CARRETA DELANTE DE LOS BUEYES
Han transcurrido apenas dos meses y medio de la asunción del
gobierno nacional y hace poco más de una semana han concluido las
elecciones departamentales.
Podría decirse que el país estaría en condiciones de pasar a
ser gobernado conforme a los parámetros de ordenación y cambio,
largamente anunciados por la fuerza electoral vencedora.
Contrariamente a lo que la sensatez indica para un pueblo
sometido a tantos sinsabores, actores principales del gobierno han
decidido promover un asunto que antes, ni los más trogloditas del
poder, se animaron a proponer.
Muy sueltos de cuerpo, al día siguiente de los comicios,
promueven la cuestión de la sucesión presidencial o, más claro, de
la eventual reelección del Dr. Tabaré Vázquez.
Uruguay tiene una larga tradición anticontinuista. Ha sido una
forma de despersonalizar el poder y de frenar las tendencias
cesaristas, que siempre rondan en torno a los sillones
gubernamentales.
Candidatos de perfil democrático que han pugnado por una
reelección no levantaron jamás la bandera de hacer una reforma
constitucional a su servicio, que les permitiera autosucederse de
un período para el siguiente.
Sólo ocurrió con Jorge Pacheco Areco, quien tomara el bastón de
mando por deceso del presidente constitucional General Oscar
Gestido, para caminar luego por los bordes de la Carta Magna y
sellar un acuerdo que ubicara a Juan María Bordaberry como
presidente, hasta que se proclamara dictador.
Como si no sobraran gravísimos asuntos para resolver, con
espíritu de festejo y chichoneo, el sector Tupamaro de la
coalición lanzó un globo de ensayo en torno a una nueva reforma
constitucional. Como quien dice, un postre para el asado…
El expresidente Dr. Lacalle Herrera, a tenor de sus conocidas
ideas, se hizo eco inmediato de la iniciativa, con incuestionable
derecho.
Sin embargo, lo más insólito estaba por llegar. Porque fue el
Sr. Jorge Vázquez -hermano de Tabaré Vázquez- quien manejó la
idea que en la hipótesis de una reforma cabría incorporar la
reelección del primer mandatario.
Sin anestesia. Sin debate y sin consulta con las fuerzas
propias y, quizás -o sin quizás- con el visto bueno del Jefe de
Estado.
Para algo el proponente fue ubicado, al fin de cuentas, en el
edificio Libertad como prosecretario presidencial.
Puede advertirse como un detalle no menor el estilo de acople
familiarista con que juega el mandatario. Su accionar evidencia
algunas tendencias cuestionables, que para muchos podrían resultar
sorpresivas.
Desde ahora, por consecuencia, habría que reclamarle al
Presidente dos cosas, al menos.
La primera. Que asuma una postura más republicana y abandone
sus pujos dinásticos.
La segunda. Que comience la tarea para la que fue electo y
acredite condiciones de buen gobernante. Tiene cuatro años y medio
para mejorar los índices de desconsuelo nacional.
Después, los uruguayos nos pronunciaremos sobre su gestión,
sobre el partido con el que llegó, sus aliados y opositores.
En tanto, ni él, ni su familia, ni sus amigos, ni sus
partidarios deberían poner la carreta delante de los bueyes.
La prioridad a la que tiene que ceñirse es la de gobernar,
restaurando y haciendo avanzar la república.
Después -y no antes- y con todos sus hombres, quedará sometido
al juicio libérrimo de la soberanía. |