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PALABRA DE ARTISTA
Cuando el
cineasta brasileño Walter Salles, director de “Diarios de
motocicleta”, cumplió la magnífica aventura de retratar
pasajes juveniles de la vida de Ernesto Ché Guevara, se
pudo asistir a un descubrimiento triple:
Uno,
al del muchacho argentino, que abrazando con sus ojos la América
pobre, se alistó en la empresa de querer librarla de ataduras
lacerantes.
Dos,
al talento cinematográfico de un director, antes revelado en
producciones con dificultades de circulación en los circuitos
comerciales.
Y tres,
a la calidad de Jorge Drexler, un uruguayo de ascendencia judía,
muy querido en España, que culmina el mencionado filme con su
canción -casi una balada- denominada “Al otro lado del río”.
Allí parece estar la luz de las búsquedas imaginadas.
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Dicho
tema obtuvo en el 2005 el primer Oscar para una composición de
habla hispana.
En la
ceremonia de las entregas fue significativa la desobediencia
del cantautor latinoamericano a los organizadores. Le
habían prohibido decir su verso musical. Se animó igual y
entonó las estrofas finales.
Drexler,
después de estar en Hollywood, retornó a España Casi
inmediatamente hizo presentaciones en Porto Alegre y
Montevideo.
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Drexler, ganador de un Oscar por su canción “Al
otro lado del río”, reflexiona en una milonga sobre la guerra
del Medio Oriente Cercano |
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En
octubre estará en México para participar en la entrega de los
premios “Luna” y ofrecerá un concierto.
Cultiva
entre sus estilos la milonga. De maravilla antes lo habían hecho
Carlos Gardel y, más cerca, Alfredo Zitarrosa. Mirando su raíz
hebrea y apoyándose en una forma musical muy sureña, lanzó su
mirada sobre el espectro de la guerra. En el CD “ECO”, de 2004, ha
hablado con acento humanista. Si bien no todos los pueblos se han
sentido “los elegidos”, algunos sí han creído en su predestinación
y líderes de estos exclusivismos han hecho verter sangre inocente
a raudales. Con esta salvedad, su milonga conserva un aire
aleccionador, comprometido y, si se quiere, desafiante:
MILONGA DEL
JUDÍO MORO
Por
cada muro un lamento
en Jerusalén la dorada
y mil vidas malgastadas
por cada mandamiento.
Yo soy polvo de tu viento
y aunque sangro de tu herida,
y cada piedra querida
guarda mi amor más profundo,
no hay una piedra en el mundo
que valga lo que una vida.
Yo soy un moro judío
que vive con los cristianos,
no sé qué dios es el mío
ni cuáles son mis hermanos.
No hay muerto que no me duela,
no hay un bando ganador,
no hay nada más que dolor
y otra vida que se vuela.
La guerra es muy mala escuela,
no importa el disfraz que viste,
perdonen que no me aliste
bajo ninguna bandera,
vale más cualquier quimera
que un trozo de tela triste.
Y a nadie le di permiso
para matar en mi nombre,
un hombre no es más que un hombre
y si hay dios, así lo quiso.
El mismo suelo que piso
seguirá, yo me habré ido;
rumbo también del olvido
no hay doctrina que no vaya,
y no hay pueblo que no se haya
creído el pueblo elegido.
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