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PARLAMENTO NACIONAL
¿CON LAS BARDAS EN REMOJO?
Con sentido previsor, el novel Presidente de la Asamblea
General Legislativa, del Senado y, a la par Vicepresidente de la
República, anunció antes de fin de año, que el partido de gobierno
limitaría los gastos de los parlamentarios en una serie de rubros.
Mencionaba, dentro de un estilo que pregonaba austeridad
republicana, que se legislaría en lo interno de la vida cameral
para que se viaje en la clase económica aérea en los casos de
misiones oficiales, se rinda la cuenta de gastos, se elimine la
compensación por compra de publicaciones de prensa, se regule el
uso de telefonía móvil y fija y, de buena vez, se salde la deuda
clásica que los parlamentarios generan al mantener en sus
despachos secretarios retribuidos que no cotizan al Banco de
Previsión, quienes después -en caso de continuidad de sus
servicios- corren el riesgo de no acceder a un haber jubilatorio
de subsistencia.
En fin, la lista que seguramente no es del todo completa, da
para hacerse una idea de cuánto habrá que cortar -venciendo
resistencias-, para que la opinión no critique con acidez a
quienes han venido desarrollando algunas prácticas a beneficio de
causa propia.
¿Puede la “clase política”, o como quiera llamársele, predicar
con el ejemplo?
Sin duda que puede. Sólo que le cuesta y es bastante experta en
aquello de tomar beneficios para si, emplear amigos, tengan o no
idoneidad para las tareas que se les confieran y muchas cosillas
más…
Cuando aludo al viejo aforismo de “poner las bardas en remojo
cuando vea las del vecino arder” no me refiero a la cita, que
muchos hacen, con la expresión de poner las barbas bajo la acción
del agua. En rigor, esta acepción refiere a una vieja práctica de
peluquería que, como puede deducirse, no evita que el fuego llegue
a nuestra casa en caso de incendio.
El incendio puede resultar no controlable cuando llega a las
bardas, un techo pajizo y rústico, casi siempre asociado a la
pobreza de medios.
Y esto de remojar las bardas legislativas, con la ayuda del Sr.
Nin Novoa, no viene tanto por lo que ha sido su promesa -que mucho
cabe respetar-, sino por lo que ha pasado en la legislatura
brasileña.
El Presidente de la Cámara de Diputados de Brasil es una figura
representativa que, entre sus potestades, tiene vocación
presidencial en caso de acefalía de la presidencia y vice del
país. Y otros atributos significativos. Por lo general, el partido
de gobierno elige a uno de sus hombres para ocupar ese cargo.
Pero, esta vez, el Partido de los Trabajadores no sólo presentó
dos aspirantes opuestos, sino que perdió la elección a manos de
unos diputados, llamados del “bajo clero”.
Esta nueva orden procedió con astucia, bajo una demanda nada
despreciable desde el punto de vista del interés personal de cada
uno.
¿Qué motivación pudo unirlos? Nada menos que la ley de la
ventaja individual, a la sombra del colectivo que integran.
El cohesionador y vocero del grupo, que arremolinó junto a si a
300 sufragantes secretos, había prometido hacer saltar el salario
base de los legisladores de 12.700 a 21.500 reales, lo que en
pesos uruguayos supone elevarlos de 114.300 a 193.500 pesos.
Aseguró, asimismo, no apoyar la limitación del receso
parlamentario de tres meses, que algunos postulan rebajarlo a 45
días.
Tras su elección, Don Severino Cavalcanti proclamó sus ideales
“urbi e orbe”, desafiando a la opinión pública.
Los hechos en Brasil y Uruguay son distintos. Cualquier
comparación resultaría odiosa.
Hay, sin embargo, algo en común cuando los políticos, de aquí o
de allá, legislan sin cuidado en asuntos que conciernen a sus
intereses personales: los valores éticos. Esos que mueven a las
personas y a los partidos a que pertenecen y que los hacen
respetables o poco dignos de la confianza ciudadana.
En Brasil, cuyo pueblo ha dado pruebas tan importantes de su
madurez democrática, el episodio se califica como un acto político
despreciable. Un legislador del gobierno, después de comentar el
episodio y las razones por las que “el bajo clero” nominó a
Cavalcanti, ha cerrado un artículo deseando “¡Larga vida para Lula
da Silva y José Alentar!”. Se trata de un voto -casi un ruego-
para que Don Severino ni se aproxime a la presidencia del país.
Si la experiencia ajena sirve de algo, seguramente el
Presidente de la Asamblea General y los legisladores que le
acompañan, deberán autolimitar el empleo de recursos que hasta
ahora operan como suplementos salariales encubiertos
Será una forma de “poner las bardas en remojo” por aquello de
que “las del vecino están ardiendo”... Un modo sensible de hacer
de la conducta propia un paradigma cívico. Una forma de acreditar
títulos auténticos ante la opinión pública, ese gran ojo que todo
lo ve y todo lo sabe.
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