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DESACREDITACIÓN DE LA ESPERANZA II
El ascenso de Luiz Inácio Lula da Silva a la primera
magistratura brasileña, así como la obtención de una mayoría
relativa por el Partido de los Trabajadores -su partido- en el
medio parlamentario, fue mirada con extraordinaria expectativa en
su país y en la comunidad latinoamericana.
La acción del presidente en el ámbito internacional puede
evaluarse no sólo por su dinámica, sino por una serie de
contenidos positivos.
En el plano interno el balance no es tan claro. Alineado a los
compromisos preexistentes con los organismos internacionales, se
ganó la crítica de los sectores radicales del PT, así como de
sectores sociales. Mantuvo el equilibrio fiscal, pero no logró
acrecentar -conforme a lo prometido- el empleo. Hubo forcejeos
intensos en torno a las retribuciones de la previsión social y a
las demandas salariales, con insatisfacciones variadas.
Instrumentó apoyos alimentarios a sectores carenciados y promovió
iniciativas para democratizar la educación. Se podrá decir que
tres años para dar un giro importante, en un país gigantesco, es
poco tiempo. Es un argumento de peso, sin duda.
Sin embargo, lo que el presidente Lula da Silva y su partido no
han podido ocultar son las prácticas espurias de algunos
connotados agentes del gobierno, como de parte de sus asociados.
La corrupción no es un asunto nuevo en Brasil, ni en
Latinoamérica ni en el mundo. Ello no trae consuelo para los
brasileños, ni para quienes aspiraron a que se ejerciera la
función pública si no con acierto pleno, al menos sí, con
cristalinidad y honradez.
Escándalos sucesivos minan la credibilidad democrática del
sistema y desmoronan prédicas falaciosas. Brasil no es un caso
aislado. Confirma la regla. Pero es, a la vez, una potente
advertencia: para la ciudadanía y para quienes desde la sociedad
civil buscan un orden más justo y limpio. Valorar la democracia y
hacerla resistente a los enemigos de dentro y de fuera implica,
necesariamente, que los ciudadanos rescaten, desde abajo, con
raciocinio y sin cólera, un grado de participación activo, en pro
de prácticas transparentes, de bien colectivo. Única forma de
mantener a raya a los depredadores con falsas togas. Vale para
Brasil y para los demás países del continente.
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