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CABALLERO DE LA LIBERTAD
Fue el 31 de octubre de 2004, en horas aún tempranas de la tarde,
cuando el murmullo de los uruguayos quería hacerse estampido de
alegría, en una sola voz.
El bullicio del bulevar parecía apagarse llegando a la casa de la
calle Ramón Márquez.
Con mi mujer e hija quisimos compartir un instante con un actor
del siglo XX. Con alguien que hizo de su credo una siembra para
apresurar el futuro y ganar un presente de justicia.
Allí estaba Jaime Pérez.
Su mirada silenciosa y profunda caía sobre nosotros.
A veces, el brillo de sus ojos parecía encender la levedad de una
sonrisa.
Su mano, cargada de energía, en la llegada apretó las nuestras.
Abierta, en el abrazo, repite su “hasta siempre”. Luz fija de una
victoria, suma de un mar hecho de batallas en que la utopía no
claudica.
Escapado varias veces de entre los muertos, llegó un día a un
hospicio montado con barrotes de sombras. Apenas cargando sus
huesos.
Desde el alto ventanal, como un cuadro perenne contra el vidrio,
los presos lo vieron un día sí y otro también. No era un espectro.
Era un símbolo.
Por fin, vencidos los años del martirologio oriental, nadie nunca
lo oyó proclamar verbos de venganza. Los oprobiosos torturadores,
los cancerberos más tenaces, ni sus mandantes, fueron su objeto
preferido. Su entendimiento de las situaciones históricas,
políticas, sociales, su psicología de militante maduro, le daban
una perspectiva mayor y un timbre de grandeza.
Su conciencia moral fue más fuerte que todo. También cuando
proclamó “más socialismo, más renovación” en su templo,
para propios y ajenos.
Una vez más, levantó la cabeza y caminó. Para ser él, Jaime Pérez.
El ciudadano que prefirió ser uno entre todos. Sin alarde alguno.
Ha repensado una república de democracia y libertad, con los dones
de las rosas y los panes. Como un moderno Quijote.
Nuestro entrañable Quijote y amigo. |