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No creo que alguien reaccione en Rocha ante el nombre
de Oscar Hernández ni tampoco que asocien ese nombre
con el de mi Tío Pocho.
Los dos son uno solo, los dos viven en mi memoria,
pero no en la memoria de los rochenses. Sin embargo,
Rocha vive para siempre en la eternidad del tío Oscar
“Pocho” Hernández.
Generación tras generación, el tiempo va dejando por
el camino de la vida historias de vecinos que de una
forma u otra, han dibujado su aporte al sentimiento
que la tierra en todos despierta. Rocha es tierra de
sentimientos día tras día. De alegría por los
rochenses que llegan o de tristeza por los que se van.
Los periodistas aprendemos a convivir con las crónicas
sentidas y el emocionado homenaje en un interminable
adiós que forma parte ineludible de nuestra forma de
ser y sentir. |
Durante
muchos años tuve que narrar despedidas, ¡muchas
despedidas! Vecinos, amigos, colegas, viejos, jóvenes.
Personas simples y queridas, con quienes compartí
una parcela enorme de existencia en este territorio de
mar, palma, lagunas, bañados y sencillas esperanzas. Nunca
resultó difícil encontrar las palabras ni el mensaje
adecuado a cada episodio.
Hoy
me enfrentó a otra despedida, pero una despedida distinta
y donde las palabras me sugieren un compromiso que va mas
allá de la emoción de mis propios sentimientos.
Días
atrás la familia se vio conmovida con la muerte del Tío
Pocho. Murió en Montevideo donde nació y vivió toda su
vida, entre sueños y alegrías simples, entre los amigos y
la familia, entre la escollera Sarandi y la fabrica de
Sadil.
Esperando el Coetc 404 o el Cutcsa 275 a su paso por
Piedras Blancas. Firmando el libro de entradas a la
fábrica de Alpargatas con sonrisa adolescente o marcando
‘tarjeta’ una semana antes de la jubilación en la fabrica
de SADIL.
Montevideo vio envejecer al Tío Pocho, mientras el mismo
trayecto de Veracierto, después de la Curva de Maroñas y
antes de Malvin Norte, se iba poblando en sus ‘riberas’
con viviendas y humildes complejos.
El
Tío Pocho vio envejecer a Montevideo, mientras al siglo le
nacían canas. Los olímpicos del 28, el Mundial del 30, la
batalla del Graff Spee, el Maracanazo del 50, la
Libertadores y la Intercontinental de Peñarol en los 60,
la dictadura militar en los 70 y las viviendas humildes
creando barrios donde antes sólo existieron campos.
El
Tío Pocho sintió a Montevideo caminando por su alma, pero
le dio su amor a otro territorio; a la tierra donde
insistió que “allí el sol nace primero”.
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Cada año, año tras año, fue un infaltable pescador en
“vacaciones” durante las dos o tres semanas de su
asueto laboral. Juró que jamás pudo encontrar otra
pasión similar por la tierra de Rocha.
Las cosas simples de su vida, su día a día, mientras
envejecía Montevideo eran una mirada permanente hacia
el horizonte donde salía el sol “ de su laguna”.
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Los
días de su año servían para aprontar los aparejos, las
cañas, las redes, que serían las herramientas para
construir su eterno romance con la Laguna.
La
vida en el campamento, los juncos, las lisas, el bagre, la
glorieta, el puerto de los botes, ¡cuantos recuerdos!.
Arturo y el “Chico’ Álvarez, Ramona, el Erausque y muchos
nombres que el tiempo fue borrando de su mente.
El
14 de mayo, día en que estaría festejando su aniversario
número ochenta, inició su verdadero y definitivo romance
con la Laguna y con la tierra que adoptó su corazón.
Respetando su primera y última voluntad, su esposa lloró
de emoción mientras las cenizas del Tío Pocho iban siendo
esparcidas en la paz de las aguas que amo en la vida y en
la muerte.
Mientras la brisa escribía bajo el sol un enorme
sentimiento, respetando su vieja bandera política,
claveles blancos fueron arrojados a las mismas aguas. Un
clavel por cada uno de sus hijos y nietos.
La
historia seguramente no recordará al Tío Pocho. No habrá
misas recordatorias, ni tampoco notas fúnebres en los
medios de prensa. Pero si hay algo mucho mas grande y
enorme. Hay una eternidad que se desparrama por los
juncos, por los bañados, que se pierde en los medanos, que
amanece por el Puerto de los Botes o anochece en el
Rincón de la Barra. En esa eternidad ahora vive para
siempre Oscar “Pocho” Hernández.
Ya
no necesita envejecer por Veracierto o regresar por
Piedras Blancas. Su alma se despierta cada día con los
gansos, los flamencos o los cisnes y se duerme alumbrada
por millones de faroles que la noche dibuja en su cielo.
Me
resulta una contradicción decir que se fue. Suena mas
rochense decir “bienvenido a casa”, bienvenido a Rocha,
bienvenido a tu eternidad para siempre.
NOTA
DE REDACCIÓN: El pasado 14 de mayo Milka Pilatti de
Hernández (viuda) y Heber Hernández (hermano) viajaron de
Montevideo a Rocha y en las aguas de la Laguna de Rocha
esparcieron las cenizas de Oscar Hernández cumpliendo su
última voluntad.
Miami, julio de 204 |