Desde Miami...

 
Bernardo Pilatti  (Periodista Independiente)  Biografía

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Rocha:

"La eternidad del Tío Pocho"

 

No creo que alguien reaccione en Rocha ante el nombre de Oscar Hernández ni tampoco que asocien ese nombre con el de mi Tío Pocho.

Los dos son uno solo, los dos viven en mi memoria, pero no en la memoria de los rochenses. Sin embargo, Rocha vive para siempre en la eternidad del tío Oscar “Pocho” Hernández.

Generación tras generación, el tiempo va dejando por el camino de la vida historias de vecinos que de una forma u otra, han dibujado su aporte al sentimiento que la tierra en todos despierta. Rocha es tierra de sentimientos día tras día. De alegría por los rochenses que llegan o de tristeza por los que se van.

Los periodistas aprendemos a convivir con las crónicas sentidas y el emocionado homenaje en un interminable adiós que forma parte ineludible de nuestra forma de ser y sentir.

 Durante muchos años tuve que narrar despedidas, ¡muchas despedidas! Vecinos, amigos, colegas, viejos, jóvenes. Personas simples y queridas, con          quienes compartí una parcela enorme de existencia en este territorio de mar, palma, lagunas, bañados y sencillas esperanzas. Nunca resultó difícil encontrar las palabras ni el mensaje adecuado a cada episodio.

Hoy me enfrentó a otra despedida, pero una despedida distinta y donde las palabras me sugieren un compromiso que va mas allá de la emoción de mis propios sentimientos.

Días atrás la familia se vio conmovida con la muerte del Tío Pocho. Murió en Montevideo donde nació y vivió toda su vida, entre sueños y alegrías simples, entre los amigos y la familia, entre la escollera Sarandi y la fabrica de Sadil.

Esperando el Coetc 404 o el  Cutcsa 275 a su paso por Piedras Blancas. Firmando el libro de entradas a la fábrica de Alpargatas  con sonrisa adolescente o marcando ‘tarjeta’ una semana antes de la jubilación en la fabrica de SADIL.

Montevideo vio envejecer al Tío Pocho, mientras el mismo trayecto de Veracierto, después de la Curva de Maroñas y antes de Malvin Norte, se iba poblando en sus ‘riberas’  con viviendas y humildes complejos.

El Tío Pocho vio envejecer a Montevideo, mientras al siglo le nacían canas. Los olímpicos del 28, el Mundial del 30, la batalla del Graff Spee, el Maracanazo del 50, la Libertadores y la Intercontinental de Peñarol en los 60, la dictadura militar en los 70 y las viviendas humildes creando barrios donde antes sólo existieron campos.

El Tío Pocho sintió a Montevideo caminando por su alma, pero le dio su amor a otro territorio; a la tierra donde insistió que “allí el sol nace primero”.

 

Cada año, año tras año, fue un infaltable pescador en “vacaciones” durante las dos o tres semanas de su asueto laboral. Juró que jamás pudo encontrar otra pasión  similar por la tierra de Rocha.

Las cosas simples de su vida, su día a día, mientras envejecía Montevideo eran una mirada permanente hacia el horizonte donde salía el sol “ de su laguna”.

Los días de su año servían para aprontar los aparejos, las cañas, las redes, que serían las herramientas para construir su eterno romance con la Laguna.

La vida en el campamento, los juncos, las lisas, el bagre, la glorieta, el puerto de los botes, ¡cuantos recuerdos!. Arturo y el “Chico’ Álvarez, Ramona, el Erausque y muchos nombres que el tiempo fue borrando de su mente.

El  14 de mayo, día en que estaría festejando su aniversario número ochenta, inició su verdadero y definitivo romance con la Laguna y con la tierra que adoptó su corazón.

Respetando su primera y última voluntad, su esposa lloró de emoción mientras las cenizas del Tío Pocho iban siendo esparcidas en la paz de las aguas que amo en la vida y en la muerte.

Mientras la brisa escribía bajo el sol un enorme sentimiento, respetando su vieja bandera política, claveles blancos fueron arrojados a las mismas aguas. Un clavel por cada uno de sus hijos y nietos.

La historia seguramente no recordará al Tío Pocho. No habrá misas recordatorias, ni tampoco notas fúnebres en los medios de prensa.  Pero si hay algo mucho mas grande y enorme. Hay una eternidad que se desparrama por los juncos, por los bañados, que se pierde en los medanos, que amanece por el Puerto de los Botes o anochece  en el Rincón de la Barra. En esa eternidad ahora vive para siempre Oscar “Pocho” Hernández.

Ya no necesita envejecer por Veracierto o regresar por Piedras Blancas. Su alma se despierta cada día con los gansos, los flamencos o los cisnes y se duerme alumbrada por millones de faroles que la noche dibuja en su cielo.

Me resulta una contradicción decir que se fue. Suena mas rochense decir  “bienvenido a casa”, bienvenido a Rocha, bienvenido a tu eternidad para siempre.

 

NOTA DE REDACCIÓN: El pasado 14 de mayo Milka Pilatti de Hernández (viuda) y Heber Hernández (hermano) viajaron de Montevideo a Rocha y en las aguas de la Laguna de Rocha  esparcieron las cenizas de Oscar Hernández cumpliendo su última voluntad.

Miami, julio de 204

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