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Miami no es una ciudad, es un condado llamado Miami Dade y formado por varias
ciudades que en mayor o menor medida, también se llaman Miami. No son pocas, ya
pasan las 30 y al tiempo que este conglomerado poblacional sigue creciendo al
sur de la Florida, nuevas comunidades pretenden emanciparse para aprovechar sus
beneficios.
Cuando inicie mi vida en esta zona del planeta, el periplo que debía cubrir por
encima de dos o tres autopistas para llegar a mi trabajo me llevaba diariamente
por un viaje casi aéreo sobre "varias Miami".
Mi domicilio se encontraba en la zona de Miami Lakes al norte y la empresa donde
cumplía mi turno laboral, en Miami Beach en el llamado South Beach. Entre una y
otra localidad, el trayecto de intenso tráfico cruzaba por ciudades o futuras
ciudades con nombres tales como Miami Shores, Miami
Springs, South Miami, West Miami y Miami , ya que de las más de treinta
ciudades, la mayor de todas se llama simplemente Miami.
Como todo emigrante y en mi período de adaptación o asimilación del nuevo país,
debí afrontar aspectos que me sorprendía o impresionaban en un primer momento,
más allá de que son episodios naturales en la vida de quien emigra.
Sin embargo, debo reconocer que la forma en que se moviliza aquí la comunidad
gay fue lo que más me sorprendió y la ilustración que realizo al comienzo de la
nota esta directamente relacionada con esa primera impresión.
El South Beach, con su "glamour miamense" es uno de los puntos del planeta con
mayor concentración de hombres o mujeres homosexuales (algunos de fama mundial)
y la peatonal Lincoln en Miami Beach es por excelencia el centro neurálgico de
esa - económicamente - influyente comunidad. La sede de la empresa donde
trabajaba por la época, ocupaba todo un tercer piso de un edificio cuya
entrada principal, precisamente, daba a la Lincoln Road.
Mi horario laboral se extendía normalmente hasta la madrugada como en cualquier
redacción periodística en su edición de cierre. Rara vez al salir de mi trabajo,
me quedaban ganas para caminar por esa artería que es considerado uno de los
paseos más atractivos de Miami. Concluida mi tarea, me retiraba hacia el enorme
estacionamiento del edificio, exactamente a los fondos del mismo, apurado por
cruzar la ciudad y llegar a mi domicilio. Una de esas noches, cuando caminaba
rumbo a mi vehículo, delante mío lo hacían dos hombres, morenos, de aspecto
fuerte y con musculaturas trabajadas en alguno de los numerosos gimnasios de
esta ciudad. Nada anormal a mi juicio, excepto que en determinado momento, a dos
metros escasos los hombres se detienen, se miran , se abrazan y comienzan a
besarse en forma apasionada, mientras se acarician exactamente como lo haría
cualquier pareja enamorada. Era la primera vez que me enfrentaba a la visión que
conocía sólo de oídas y la recuerdo como impresionante. Me costó asimilarlo,
especialmente por ser un episodio incomún en el cielo abierto de la vida
uruguaya.
Los meses pasaron, los años también, y mi percepción de esa realidad también.
Hoy casi cinco años después, ni siquiera desvió la vista si dos mujeres de la
mano o tiernamente abrazadas cruzan por mi camino o si dos hombres de aspecto
masculino, se hacen arrumacos dentro de algún vehículo estacionado o en un banco
de la vía pública. Nadie se sorprende ni nadie le da mayor atención. Las parejas
de hombres y mujeres en su mayoría se comportan con normalidad. Trabajan,
estudian, van al supermercado, visitan a sus familiares, veranean y en los
últimos tiempos han comenzado a adoptar niños. Son los nuevos tiempos de un
futuro que parece irreversible. Nadie les dijo que los aceptaba, pero tampoco
nadie les dijo "que no los aceptaba". Están allí y pronto.
El año 2004 sin embargo, trajo consigo un problema que "se veía" venir. Y
decimos que se veía venir porque en Estados Unidos integran una de las
comunidades más unidas, organizadas y consecuentes en la lucha por lo que
consideran 'sus derechos". Y cómo todo en este país, también existe una
contraparte radical y tenaz a la hora de "no aceptar" lo que los homosexuales
consideran sus derechos. Entre esos dos grupos está planteada la batalla.
Las licencias matrimoniales, que en su mayoría expidieron jueces que integran o
de alguna manera simpatizan con la comunidad gay, trajeron abruptamente y en un
año electoral, la más urticante de las reivindicaciones que la sociedad se niega
a aceptar: el matrimonio legal entre parejas de un mismo sexo.
El efecto de los "enlaces matrimoniales" de San Francisco ha sido tan fuerte
que, a no dudarlo, la comunidad gay logrará aún en este 2004 la mayor victoria u
objetivo perseguido con todo el teatro montado encima de los casamientos: las
uniones civiles.
Esa forma de legalidad es en Estados Unidos plenamente aceptada por la mayoría
de la sociedad en su conjunto y aún por las autoridades políticas. La unión
civil implica reconocer la existencia de la pareja como tal, significa aceptar
los derechos de cada uno, exactamente igual que en un matrimonio, sin llegar a
serlo. Los matrimonios son algo así como: "pedir más de lo que quiero, para que
me den lo que quiero". Y lo están logrando.
A mi forma de ver el futuro de este crecimiento del "tercer sexo", no será este
episodio que lastimará su convivencia con el resto de la sociedad. Aquí la
discusión que se aproxima y promete ser casi una guerra, es la aceptación o no
de que parejas de un mismo sexo puedan adoptar y criar niños de manera normal.
Hoy por hoy, y pese a que ya lo hacen, hay un rechazo casi total y pocas
perspectivas de que el mismo se suavice. Más bien, tiende a crecer y esa
situación, sin duda alguna será la causa de la mayor batalla de los sexos en el
futuro cercano en Estados Unidos y el resto de América, si observamos que muy
cerca de Chuy, en el Estado de Río Grande, ya existe la iniciativa de aceptar
las uniones de forma similar.
Pero por cierto que esa es otra historia.
Hasta pronto.
Miami, 21 de marzo de 2004.
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