|
El
mundo esta al revés. Yo lo garantizo. Aquí en esta región
a donde vine a vivir en un viaje desde Chuy sin escalas,
hay mucho de ese absurdo que convierte la lógica en una
“ilógica” comedia.
Daría para disfrutarlo alegremente, si no fuera que es
demasiado trágico para sonreír.
Esta
sexta temporada de huracanes que me toca vivir, me da la
pauta de que en este país (EEUU), no todo lo que reluce
es inteligencia. Me refiero a la absurda manía de
construir casas literalmente de cartón y plástico en
plena ruta de huracanes que pueden llegar a 250
kilómetros por hora.
También aquí constaté como los extremos del bienestar
ciudadano se unen de manera dramática debido a estos
fenómenos de la naturaleza. Pero debo regresar en el
tiempo, para situarlos en esta crónica. Yo nací y crecí
en un barrio muy humilde de Montevideo hasta que la vida
me llevó a Rocha.
En
aquél barrio periférico, de calles de tierra, donde el
agua potable llegaba en carros de aguateros, las casas de
bloques y planchada eran contadas con los dedos de las
manos.
Allí
lo que abundaba era la madera carcomida, las chapas
marrones del herrumbre y las bolsas de arpillera
cumpliendo el papel de cortinados. En una de esas casas
me crié, asistiendo a lluviosos inviernos, donde
abundaban los temporales de viento. Dentro de la casilla
llovía casi tanto como afuera y en las noches de viento,
mi padre debía apuntalarla con enormes troncos de
eucaliptos, a modo de parantes, para que no se viniera a
tierra.
Al
día siguiente, no habría forma de quitar la humedad que
se nos metía hasta dentro de los huesos. En Chuy pasé
varios temporales, pero mi casa construida en bloques y
una gruesa planchada aguantaba esos y mayores vientos, al
igual que todas las casas vecinas.
Aquí
en Miami, en la Florida, las casas de los más pobres al
igual que las de los mayores multimillonarios, salvo su
fachada, no tienen mucha diferencia con la casilla de mi
infancia y seguramente, tienen mucho que envidiar a la
casa donde viví en Rocha.
Aquí
las grandes casonas solo tienen una estructura
medianamente sólida en su contorno, sin embargo los
techos son de madera y cartón. Por ello dije que los
extremos se unen.
Al
igual que en Uruguay, en los países de la región como
Cuba o República Dominicana, las casas son construidas de
bloques y techos de concreto. Hay pobreza, hay enormes
carencias, pero los estragos de los huracanes en
comparación son infinitamente menores de los que provocan
aquí en el país del dólar.
Este
año, la temporada ciclónica ha llegado con una virulencia
inusual y en los primeros días de septiembre, cuando se
llega a lo que llaman “el pico” de la temporada, por las
cercanías han pasado ya tres huracanes de categoría 4,
sembrando destrucción y muerte.
Ello
al parecer ha obligado a que mucha gente aquí comience a
alzar su voz.
Ya
es posible ver notas en la prensa hablando de ese mismo
tema, las estructuras endebles de las construcciones.
“Si
las casas fueran más sólidas, no sólo se ahorrarían vidas,
bajarían los escandalosos precios de los seguros, se le
daría un respiro a la ecología y se reduciría la paranoia
previa a cada huracán” – se suele decir.
Creo
sinceramente que se avecinan cambios, no cabría otra
suposición luego de presenciar la estela de destrucción
que estos fenómenos suelen dejar a su paso.
Aunque mi temor es que eso aún demore. Mientras tanto, nos
mantendremos viviendo dentro de una canción de los Zucará.
“Que triste se oye la lluvia
en los techos de cartón
Que triste vive mi gente
en las casas de cartón”.
Miami, 18 de setiembre de
2004 |