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La migración pasa por una suerte de sueño o
fantasía de mejores tiempos o una tierra de promisión al final del largo camino.
Es una historia que acompaña a la raza humana desde el mismo momento de su
aparición sobre la faz de la tierra. Siempre hubo emigrantes, siempre hubo
sueños lejanos, es parte eterna de la aventura de la vida y debe respetarse el
derecho a soñar que tenemos todos los humanos, especialmente los más inquietos o
desesperados por mejorar.
Según el lado de donde se mire, la realidad
emerge con virulencia cíclica, de acuerdo con el vaivén de nuestras pobres
economías. En estos tiempos se está viviendo uno de esos ciclos y día a día más
y más compatriotas o vecinos preparan sus maletas y buscan un destino donde
hacer realidad sus sueños.
No es bueno alentar ni desalentar esos sueños. No obstante es necesario mostrar
que la realidad que el emigrante encuentra al final del camino, difiere muchas
veces del sueño que provocó la decisión de emigrar.
La realidad a que me refiero se diversifica
entre la hostilidad del nuevo medio a donde debemos insertarnos, pero también a
la frialdad de una sociedad que está preocupada por sus cosas y no precisamente
por los problemas que enfrentan los miles de emigrantes que día a día llegan a
compartir su espacio de vida. Naturalmente los que están miran con recelo a los
que están llegando, pese a que posiblemente ellos hayan llegado de la misma
manera.
El primer paso y el más importante, para
enfrentar la dureza del primer obstáculo, considero que pasa por saber asumir en
plenitud la condición de emigrante, algo que a la mayoría de los uruguayos les
cuesta en demasía. Y es comprensible.
A quien se ha pasado veinte años de su vida
ganando su sustento desde un cómodo escritorio, no le resultará fácil cargar
baldes, arrastrar pesadas carretillas de una obra en construcción, levantar
bolsas en un mercado o limpiar platos en un hotel o cualquier restaurante que lo
acepte sin exigirle documentos que lo habiliten a trabajar legalmente.
Si el que emigra sabe que deberá enfrentar esa
posibilidad y está dispuesto a superar el desafío, ya tendrá ganada la primer y
más importante batalla: ”vencer el miedo a lo que vendrá." El segundo paso y
casi tan importante como el anterior, es tener bien claro a donde y a que nos
vamos. Procurar ayuda de aquellos que ya pasaron la experiencia y están
dispuestos a ayudarnos, algo (infelizmente) muy difícil de lograr en los tiempos
que están corriendo. Si el destino es Estados Unidos, es natural suponer que
saber algo del idioma ayudará y si tenemos una profesión es necesario
asesorarnos sobre los lugares en donde la misma hace falta.
En Miami conviven en igual proporción esperanzas frustradas y enriquecedoras
historias de emigrantes, algunos que han chocado con una realidad para la que no
estaban preparados y otros que han conseguido superar el desafío de crecer en
medio de un ambiente hostil. He sabido de viajeros que subieron a un avión sin
saber lo que encontrarían al llegar y a quién recurrirían en busca de ayuda u
orientación. Otros que ni siquiera tuvieron la precaución de “averiguar” sobre
las exigencias mínimas existentes para trabajar o hubo quienes aquí descubrieron
que toda aquella fantasía que habían alimentado sobre el “sueño americano” era
apenas eso, una fantasía.
¿Y quienes han triunfado? Los que se pusieron
su rebeldía al hombro y afrontaron el primer y más duro trayecto de su sueño
americano. En ese trayecto conocí a muchas personas de toda América. Un
Ingeniero que construía aviones en Ecuador preparando hamburguesas en un local
de Mc Donald; un Biólogo nicaragüense de ayudante de un jardinero cuya única
ciencia es cortar pasto y árboles en barrios residenciales. Un Ingeniero en
Computación que asesoraba a grandes empresas en Montevideo, trabajando de 6 a 6
en una obra de construcción; un médico chileno que por las madrugadas lava los
pisos de un restaurante en Coral Gables y antes del amanecer reparte ejemplares
del diario The Miami Herald.
Como esos ejemplos, aquí existen miles. Por lo
menos dos de cada tres emigrantes que han logrado aquí alcanzar la prosperidad
pasaron por ese sacrificado trayecto al inicio de su aventura. Ellos asumieron
su condición de emigrantes, sin falsos orgullos, con humildad, con entereza y
decididos a vencer todos los desafíos que la nueva vida les habría de plantear.
Y triunfaron.
Por esa razón, es bueno saber que al verdadero
emigrante nadie le regala nada y todo, absolutamente todo aquello que logre será
por su puro y exclusivo sacrificio. Quien asuma esa primera realidad, es muy
posible que tenga éxito al final del duro camino que eligió.
Hasta la próxima.
Miami, 08 de setiembre de 2001.
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