¡Vaya las sorpresas
que la vida tiene! Fui pasando años de mi infancia sabiendo que existía una
cantante cubana llamada Celia Cruz.
Sus canciones sonaban en grandes
discos plásticos de vinil. Esas canciones se confundían desde lejos, con los
músicos que estaban mas cerca, como los Wawanco, Palito Ortega y cualquiera de
los artistas del club del clan, Roberto Carlos y hasta el Trío Los Panchos.
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Cuando la música tropical
en nuestro país creo un estilo propio, los verdaderos reyes de la música
caribeña como la propia Celia, Willie Colon, Johnny Pacheco, Johnny
Ventura o el Gran Combo de Puerto Rico, las estrellas de Fania y hasta los
mismísimos Wawanco pasaron a un segundo plano. De mis años de radio evoco
la forma en que las nuevas generaciones la desconocieron en cierta manera
por la falta de difusión o porque erróneamente se consideraba que la
"verdadera" música tropical era la nuestra, cuando la "nuestra" era apenas
una copia de la verdadera. |
Fue una etapa que en los
últimos años volvió a revertirse. Los más recientes éxitos de Celia
sonaron con otro aire de protagonismo.
En Estados Unidos, me integré con la
comunidad hispana y aprendí desde otra perspectiva, el verdadero significado
de la guarachera de todos los tiempos: Celia Cruz. Supe de su gran calidad
humana y hasta logré comprender quien era aquella morena que en los años 60
sonaba desde un viejo tocadiscos en cada fiesta de barrio.
Entre la colectividad cubana aprendí
sobre la Celia que existe en cada cubano y entre la gente del Caribe,
comprendí su eterna alegría.
No me cansé de verla, pese a que no
pasaba un día de estos últimos cinco años en que su rostro no apareciera en
pantalla, bien promocionando algún trabajo musical, o dando algún concierto en
Miami, o simplemente, recibiendo un premio o participando de alguna campaña de
beneficencia. Su tradicional, ¡AZUCARRRRRR!, es como un grito de guerra, de
una batalla donde las únicas armas son el bamboleo de caderas y la risa
contagiante al son de las tamboras.
En Miami, hasta una calle tiene su
nombre desde hace varios años y era tan habitual su presencia aquí, que a
nadie le extrañaba un día encontrarla de frente por los pasillos de un
supermercado con alguna de las pelucas de su inagotable colección.
Los que la han catalogado de Reina de
la Salsa, no mienten. Ha sido y es una reina. Luego de conocer de cerca la
filosofía del hombre y la mujer cubana, me resulta increíble que Celia Cruz
haya mantenido su "cubanidad" tan arraigada al grado que jamás habló otro
idioma. Yo digo más, a lo largo de su larga trayectoria, "solo habló
cubano chico".
Celia Cruz murió en estos días, y fue
velada y sepultada según su ultima voluntad. Juro que jamás vi un sepelio tan
alegre como el de la "Guarachera de Cuba" como cariñosamente se le conocía.
Mezclado entre más de 150 mil personas, quienes fueron a rendirle su último
tributo en la llamada "Torre de la Libertad cubana" en Miami, asistí a un
verdadero espectáculo de sentimientos que el pueblo anónimo le tributó.
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Ver desfilar ante su
féretro a miles de personas, desde ancianas "llorando a las risas"
mientras entonaban sus canciones, o jóvenes que bailaban delante de su
féretro cantando "La Negra tiene tumbao", o el mismo cura párroco que
dirigió la misa contando cuentos de humor sobre la vida de Celia en la
tierra o en el cielo, como aquel, de que seguramente San Pedro la había
nombrado directora del coro de Ángeles y ya estaría entonando sus famosas
canciones, dijo el Padre Alberto en alusión a su alegría desbordante y a
su carácter tan humano. |
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La gente le
aplaudió, la lloró, le cantó y le rindió un homenaje digno, como
seguramente pocos músicos latinos hayan logrado alguna vez.
Ella pidió alegría y la tuvo. A mi
nadie me invitó a su sepelio, pero yo me sentí contagiado. Quería estar
presente en tan honrosa e histórica despedida y ser testigo presencial del
amor que a lo largo de su vida logró despertar entre todos los pueblos.
Mirando ondear diversidad de banderas de países latinos y viendo gran cantidad
de rostros que no se sabía con claridad si lloraban o reían. Gente que aguardó
dignamente horas de pie en una cola que por momentos parecía que no avanzaba,
pero es que se sumaban más y más cada vez, tan sólo para cruzar frente a su
féretro y darle el último adiós. Todos la querían despedir, todos la querían
ver. Muchos no lo lograron. Aprendí que hay personas que vienen a este mundo y
se van de él, envueltas en un magnetismo de luz y alegría que los hace
especiales, únicos, diferentes. Tan diferentes que se mueren y no provocan
llanto, mas bien, agradecimiento a su vida y al legado que nos dejan. Celia
Cruz dejó un legado de alegría, tal vez, por ello fue que vi tantas sonrisas
en su sepelio y un mensaje que hasta me atreví a cantar a coro al paso de la
carroza fúnebre "No, no hay que llorar, que la vida es un carnaval y es
mas bello vivir cantando"...