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Cuando llegue a USA, hace ya mas de tres años, lo
primero que me sorprendió fue la poderosa e increíble industria sin chimeneas
que aquí resulta el "envío de remesas de dinero", por parte de los emigrantes.
Es tan importante, que en países como Cuba, El Salvador, Haití o Nicaragua, son
el principal rubro de ingreso de divisas al país y en México la cifra que llega
por remesas anualmente serviría para cubrir las reservas de tres o cuatro países
de América juntos.
En estos días, observaba que en Uruguay las reservas habían caído a menos de 700
millones. Los salvadoreños a su país mandan desde Estados Unidos una cifra cerca
a los mil millones de dólares. Pero lo que me sorprendió sobre manera, fueron
las cifras de cada envío. Por ejemplo, mi primera aproximación a lo que
significaba apoyar a un familiar en Cuba surgió de una sencilla conversación,
con una simple empleada, con un sueldo que en este país (USA) esta por debajo
del nivel considerado como pobreza. La línea que separa ese índice, está
establecida en los 19 mil dólares anuales de ingreso. "Yo a mi madre le mando 60
dólares por mes y vive como una reina", me dijo. No lograba asimilar que con ese
dinero una persona pueda, siquiera cubrir sus más elementales gastos de
sobrevivencia. Me refiero a cubrir alquiler, medicamentos, y todo lo que hoy
cuesta vivir. En Cuba era diferente. Pero la historia se repetía en otros países
de Centro América. Estábamos por entonces, los uruguayos y los argentinos muy
lejos de aquella realidad. Hoy los tiempos han cambiado o desgraciadamente están
cambiando. Y la amargura es general y se traslada a todos, incluso los que no
estamos en el paisito.
Yo no puedo hablar de economía, no soy especialista. Pero no hay que ser
especialista para saber quien tiene la culpa en Argentina o en Uruguay de lo que
está pasando. Hemos tenido a lo largo de nuestra vida democrática, dirigentes
que han cobrado a tiempo completo para prever esto. Han lucrado y siguen
lucrando sus familias ( basta ver los apellidos de los actuales dirigentes)con
la responsabilidad de administrar un bien de todos ( el país), pero también
trabajar y crear las bases para que los que vienen encuentren un país "vivible".
Lo que ocurre con los municipios del país, salvo honrosas excepciones como San
José por ejemplo, es la consecuencia lógica y natural de la manera en que
funciona el sistema de empleo uruguayo. Nadie mira presupuestos a futuro. Todo
pasa por resolver las cuotas que la política han determinado en materia de
amiguismo o reparto de la escuálida torta en que a lo largo de su historia ha
sido la administración del estado.
Ya nadie quiere invertir, ya nadie quiere llevar dinero a la ya tan lejana
"Suiza de América". ¿Pero cómo se puede pretender que eso ocurra? No hace mucho
tiempo, un amigo uruguayo que posee un restaurante en Miami, tuvo la elogiable
pero poco feliz iniciativa de invertir instalando un restaurante en Montevideo,
cumpliendo lo que las leyes dicen y propiciando la presencia de varios puestos
de empleo.
Ni siquiera había abierto sus puertas cuando ya por el interior del local había
pasado toda clase de inspectores de entes relacionados con el Estado. Exigiendo
y cobrando. Bastaron los primeros acordes de una canción sonando desde un equipo
estereofónico, para que los inspectores de AGADU aparecieran en la puerta
cobrando o gestionando el cierre si ese pago no se hacía efectivo al momento.
Esa seguramente es una historia de tantas.¿ Cuantas Zonas Francas se han pedido
en Uruguay?, ¿Cuantas zonas de libre comercio?, cuantas protecciones a los
inversionistas o a los industriales que desean llevar dinero fresco al Uruguay
se han pedido?
Pasan los gobiernos, sobreviven las dinastías políticas que van pasando sus
cargos de padres a hijos y el modelo de país, ni siquiera recibe un proyecto que
tenga en cuenta a la gente y sus necesidades básicas. Y la amargura, por eso el
título, pasa por el problema que padecen estas nuevas generaciones. A comienzo
de los años 70, cuando la dictadura militar se adueñó del país, decenas de miles
de uruguayos abandonaron el país y encontraron territorio fértil donde empezar
una nueva vida. Los tiempos son otros. Muchas cosas han
contribuido a la amargura universal. Se ha saturado el mundo de emigrantes.
En los años 70' los africanos no invadían Europa, hoy lo hacen. Ni los centro
americanos eran tantos en USA. Pero tampoco en aquellos años, hubo un ataque a
las Torres Gemelas como el que cambió el mundo hace casi un año. La gente
transpira amargura e incertidumbre, en un mundo que no merece ello. En países
como los nuestros donde se respira una riqueza no explotada y sólo florece la
sobre vivencia de una gastada e inútil clase política, que no da un paso al
costado, pero tampoco lo da hacia delante.
Por esa razón, la amargura se convirtió en una historia universal,
desgraciadamente.
Hasta la próxima.
Miami, 31 de julio de 2002.
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